02 junio, 2009

Ébano


Hay hombres que afirman tener animales viviendo dentro de la cabeza, que —aseguran— escuchar el vuelo de un ave no los molesta pero el rugido del león los atemoriza; y mujeres que realizan acrobacias al bajar del autobús, con una criatura atada a la cintura, otra cogida de la mano, y una pesada tinaja sobre la cabeza; hay caravanas de personas y animales que se desplazan por un desierto de arena y fuego intentando encontrar agua y comida, y hora tras hora van cayendo, por orden, los cuerpos sin vida de las cabras, los niños, las mujeres, los hombres y sus camellos; hay risas escandalosas en cada saludo, y bailes improvisados y multitudinarios en mitad de la calle; hay niños que parten un caramelo en veinte diminutos trozos para compartirlo con los demás niños, y hay señores de la guerra que destruyen aldeas y roban a los pobres para quedarse con todo; hay polacos que recitan versos de poetas neorrománticos en bares de lugareños y parejas de turistas que no se mezclan con los locales; hay mujeres cuya única posesión en este mundo es una olla y que gritan desesperadas si se la quitan, y hay ladrones que mueren a manos de la gente del barrio; hay tribus que atacan y tribus que se vengan; hay todavía una huella imborrable de esclavitud impuesta por los europeos; hay vida terrenal y hay vida espiritual y ánimas y hechizos y males de ojo; y, sobre todo, hay un sol permanente, aterrador y asesino, y también hay, de vez en cuando, un gran mango de hojas verdes y frondosas bajo cuyas ramas los niños aprenden a deletrear, y a cuya fresca sombra se sientan los africanos a contarse historias durante horas.

Ébano es la perla negra que nos dejó Kapuściński, un libro que se lee con el corazón encogido y los ojos abiertos de pura sorpresa, con ganas de seguir leyendo y descubriendo, y de que no termine nunca.

18 mayo, 2009

Hagamos un trato



Compañera
usted sabe
que puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo
.
si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo
.
si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo
.
pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted
es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.

© Mario Benedetti & Joan Manuel Serrat

15 mayo, 2009

El sitio de mi recreo



"...Este tipo de cosas que forman parte del mundo propio interno y que a lo mejor sólo tienen la posibilidad de salir al exterior a través de canciones como esta:

Donde nos llevó la imaginación,
donde con los ojos cerrados
se divisan infinitos campos.

Donde se creó la primera luz,
junto a la semilla de cielo azul,
volveré a ese lugar donde nací.

De sol, espiga y deseo
son sus manos en mi pelo,
de nieve, huracán y abismos,
el sitio de mi recreo.

Viento que en su murmullo parece hablar
mueve el mundo y con gracia lo ves bailar,
y con él el escenario de mi hogar.

Mar, bandeja de plata, mar infernal
es un temperamento natural,
poco o nada cuesta ser uno más.

De sol, espiga y deseo
son sus manos en mi pelo
de nieve, huracán y abismos,
el sitio de mi recreo.

Silencio, brisa y cordura
dan aliento a mi locura,
hay nieve, hay fuego, hay deseos,
allí donde me recreo."

© Antonio Vega

26 marzo, 2009

Pez volador

En Japón todavía hay quienes se sumergen en el océano en busca de perlas. Bucean por fondos marinos con una espátula en la mano para despegar los moluscos de las rocas. Se quedan el tiempo suficiente para conseguir una buena recolecta de ostras, con la esperanza de que una de ellas, algún día, les regale una perla.

Alejandro Cánovas nos ofrece, desde Japón, una pequeña joya, una de esas perlas finas y perfectas, tan difíciles de encontrar:

Pez volador es una película de animación basada en el relato homónimo del escritor Eloy Tizón (de su libro de cuentos Parpadeos, Ed. Anagrama).
La devoción de un hombre a su familia, la conmovedora inocencia de un niño, el amor de un hijo hacia su padre, el inevitable y doloroso momento de hacerse mayor y dejar atrás la infancia, son valores y emociones universales que Alejandro Cánovas ha sabido dibujar, en apenas 10 minutos de película, con la misma delicadeza y cariño con que fueron escritos por Eloy Tizón.

Espero que os guste.

12 marzo, 2009

«Mi oficio»


Llevo varios días pensando en cómo juntar palabras para esta entrada, y finalmente he decidido cederle la palabra a Natalia Ginzburg, que expresa a la perfección lo que siento:

«En las cosas que escribimos afloran continuamente recuerdos de nuestro pasado, nuestra propia voz resuena de continuo y no conseguimos imponerle silencio. Entre nosotros y los personajes que inventamos entonces, que nuestra fantasía languideciente consigue, no obstante, inventar, nace una relación particular, tierna y como materna, una relación cálida y húmeda de lágrimas, de una intimidad carnal y asfixiante.
[…] Mi oficio es escribir historias, cosas inventadas o cosas que recuerdo de mi vida, pero, en cualquier caso, historias, cosas en las que no tiene nada que ver la cultura, sino sólo la memoria y la fantasía. Este es mi oficio y lo haré hasta mi muerte.
[…] Pero, como oficio, no es broma. Estamos continuamente amenazados por graves peligros en el mismo instante de redactar nuestra página. Existe el peligro de ponerse de repente a coquetear y a cantar. Yo siempre tengo unas ganas locas de ponerme a cantar, debo contenerme mucho para no hacerlo. Y está el peligro de estafar con palabras que no existen de veras en nosotros, que hemos encontrado por casualidad fuera de nosotros y que reunimos con destreza porque hemos llegado a ser bastante listos. Está el peligro de pasarnos de listos y estafar.
Es un oficio bastante difícil, como veis, pero es el más bonito del mundo. Los días y los asuntos de nuestra vida, los días y los asuntos de la vida de los demás a los que asistimos, lecturas e imágenes y pensamientos y conversaciones lo alimentan y crece en nuestro interior. Es un oficio que se nutre también de cosas horribles, se come lo mejor y lo peor de nuestra vida, en su sangre fluyen tanto nuestros sentimientos malos como los buenos. Se alimenta y crece en nuestro interior.»

Natalia Ginzburg
de «Mi oficio», Las pequeñas virtudes

Gracias a Jorge Rodríguez por su Crítica Alas
Gracias a mi hermano Marcelo por la foto tan conseguida.
Gracias a todos por estar.

© Imagen: M.C. Escher

23 febrero, 2009

El estreno


Danielle Barcelo-Guez (a mi lado en la foto) fue mi maestra de los 4 a los 5 años, y también fue quien me enseñó a escribir. Publicó mi primer cuento en la revista del Liceo Francés, cuando yo debía de tener unos seis o siete años. Así que ella tiene parte de responsabilidad en el hecho de que yo estuviese presentando Alas el 21 de febrero en la Fnac Bulevar, en Alicante, mi ciudad natal. No conservo ese primer relato, pero sí recuerdo que contaba alguna calamidad que me había ocurrido con un mosquito, porque cuando era pequeña los insectos se ensañaban conmigo. Así que escribí sobre el mosquito que me picó y sobre el médico al que me llevó mi madre, y las medicinas que tuve que tomar, y sobre cuánto me escocía aquello. Esas eran las cosas que me obsesionaban a los siete años.

Hace unos seis años lo que me obsesionaba era saber por qué había tomado decisiones que no me hacían feliz, por qué estaba recorriendo un camino (el de ingeniera) que no era el mío. Quería descubrir qué deseaba hacer de verdad en la vida, qué era lo que me gustaba hacer. La niña de siete años que odiaba los mosquitos lo tenía claro: «Escribir, a mí me gusta escribir». Lo tenía tan claro que decidí hacerle caso. Así nació Alas, a partir de esas otras obsesiones. Casi tres años después de nacer, lo tengo en mis manos, publicado y con un premio. Y me hace muy feliz.

Por eso quiero agradecer de nuevo a todos los que lo han hecho posible: a la Fundación de la Universidad Complutense, al jurado del Premio Joven de Narrativa, a la editorial EDAF, al diseñador de la portada, que no se ha llevado más que piropos, a la Fnac Bulevar por su interés en esta presentación.

También quiero dar las gracias a algunos escritores ya consagrados que me han apoyado mucho, en especial a Eloy Tizón, que desde el principio creyó en mi escritura y en mi proyecto literario, y a Chema Gómez de Lora, que siempre me animó a seguir adelante. Gracias de corazón a mi familia y a mis amigos, por estar a mi lado siempre en mi decisión de buscar mi camino en la escritura.

Gracias a todos los que estuvieron el 21 y a los que no pudieron estar en cuerpo, porque sí estaban en alma, por hacer de esta primera presentación algo tan bonito, y en especial gracias a Danielle por estar a mi lado ese día.

16 febrero, 2009

Regreso

Algunos andenes reservan al viajero gratas sorpresas. El tren al que subí hace ahora casi un año me ha llevado por territorios nuevos y maravillosos. No ha dejado de desplegar ante mí constelaciones desconocidas.

Me trajo a esta ciudad mediterránea, lejos de mi querida Madrid donde tanto, tanto he aprendido; a esta ciudad de mar y huerta, de pólvora y luz, de jardines largos y estrechos, de torres rotundas y casas viejas, de gentes cercanas y cordiales; a esta ciudad que ya conocía pero que he redescubierto. Porque nada tiene que ver con la Valencia que conocí hace ya quince años: el viajero a veces vuelve, y cuando vuelve mira con ojos distintos, respira con otros pulmones, vive con un corazón que ya no es el mismo.

Aquel tren me trajo a este hogar (¡oh, sí, otra vez un hogar!, no se acaban los hogares así como así), donde cuido y me dejo cuidar, quiero y me dejo querer, miro, respiro y vivo como una persona nueva.

Aquí, en esta casa, junto a un hombre y un gato mimosos y alegres, amantes y amables, he descubierto que a veces los sueños se hacen realidad…

http://www.edaf.net/es/libro.asp?producto=1694


…y ahora pienso que, para hacerlos llegar a tu andén, lo que más importa es no dejar de creer en ellos.

El viajero ha regresado.

10 marzo, 2008

Los viajes de Gupe






En los andenes, el viajero descansa de la travesía que lo ha dejado sin fuerzas, exhausto, incluso puede que herido; aprovecha para atarse los cordones de las botas, comerse un bocadillo, espantar moscas. Ve pasar otros trenes, algunos ultramodernos que desaparecen a la velocidad del sonido, despeinándolo; otros, estrechos y viejos, se alejan lentamente con un bufido.

A veces se sube en uno de ellos, uno que no tiene asientos acolchados, ni bandeja individual, ni siquiera televisor ni azafatas que sirven medialunas diminutas envueltas en plástico transparente. Tampoco llega a su lejano destino en menos de dos horas. Se sube aunque sea un tren antiguo y lento porque le gusta contemplar el paisaje desolado de Castilla, leer un cuento de Matute o echar una cabezada.

Otras veces, se queda en el andén descansando. Las estaciones tienen su encanto, no todo va a ser ir de un lado a otro en esta vida, piensa el viajero, habrá que saborear las paradas.

Hasta que pasa un tren que le gusta, y entonces se sube.

Yo ya he disfrutado bastante de este andén. He descansado, he atado los cordones de mis botas y he espantado unas cuantas moscas. Tal vez dentro de un tiempo regrese a esta misma estación, o tal vez me siente en el banco de otro andén a contar otras historias, cuando decida qué historias quiero contar desde allí.

En cualquier caso, muchas gracias por leerme durante este tiempo. Nos vemos en la próxima estación… y feliz viaje.

21 diciembre, 2007

Gracias, 2007



Termina 2007, y no se me ocurre mejor manera de despedirlo que dando las gracias.


Gracias a Paula y a Chema, por enseñarme que se puede tener una familia aunque no se compartan genes.

Gracias a Paula, por enseñarme lo que es tener una hermana pequeña a la que querer y cuidar a partes iguales.

Gracias a Chema, por enseñarme que hay muchas formas de hacer las cosas bien; por dejarme llorar en su hombro casi a diario; por reírse conmigo.

Gracias a Eloy, por enseñarme que la amistad puede sobrevivir a vínculos más pasajeros; por estar ahí a pesar del daño; por abrazar a los árboles.

Gracias a Marcela, por enseñarme a ver cómo soy de verdad.

Gracias a Raúl, por recordarme mi lado femenino.

Gracias a Marcelo, por recordarme lo que significa ser familia; por enseñarme cuánto se puede luchar.

Gracias a mi madre, por ser tierna todo el año, todos los años.

Gracias a Su, por confirmarme que nuestra amistad está por encima de otras circunstancias.

Gracias a Gonzalo, por cuidarme y mimarme; por los miguelitos y por no perder los mortadelos conmigo.

Gracias a Rafa, por compartir conmigo su amor a la literatura, por leer, por leerme, por escribir, por escribirme.

Gracias a Yingming, por confiarme sus inquietudes filosóficas.

Gracias a Vera, a Fani, a Mariadel, a Eva, por estar ahí a pesar de tener una familia a la que cuidar; por dejarme mimar a sus bebés.

Gracias a Diana, por enviarme su luz.

Gracias a Pastora, a Marie, a Susana, a Fidel, a Pableras, a Gonzalo M., y a tantos amigos, por recordarme que la distancia no es un obstáculo.

Gracias a las páginas en blanco, por darme Alas.

Gracias a todos, y feliz año nuevo.

22 noviembre, 2007

Qué escándalo




Hace unos días leí que habían arrestado a un señor en Escocia por mantener relaciones sexuales con una bicicleta en su habitación de hotel. Lo detuvieron por escándalo público y ahora está inscrito en el registro de delincuentes sexuales.

Lo leí en la BBC: http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/misc/newsid_7096000/7096683.stm, por lo que es probable que la noticia sea cierta.

Ante semejante historia, me vienen varias preguntas a la mente. La primera de todas es también la más morbosa: ¿¿¿¿Cóóóóómo???? O tal vez debería ser: ¿¿Por dóóóóónde??

Pero más allá de la curiosidad malsana (o muysana), existen otras incógnitas más serias: ¿escándalo público?, ¿en su habitación de hotel? Será escándalo privado, en todo caso. Digo yo. Y… ¿no puede hacer uno en su habitación de hotel lo que le plazca? (siempre que no ponga en riesgo a los demás huéspedes, y dudo que esa fuera el caso). Porque entonces… ¿qué habría pasado si hubiesen pillado a este señor dándose tregua con la mano?, ¿lo habrían detenido también por escándalo público?, ¿o por pecado de Onán? (con la bici no sé si sigue siendo pecado de Onán o ya pasamos a otra categoría, no lo tengo claro…)

No lo entiendo… ¿por qué no detienen a las camareras por allanamiento de habitación? ¿Es que no está ya uno a salvo de juicios ni encerrado en su habitación?, ¿de verdad pueden detenerte por andar jugueteando en tu cuerpo con objetos?, ¿o con algunos sí y con otros no?, ¿existe una lista de los juguetitos permitidos?, ¿de los no escandalosos? Las chicas lo tenemos más fácil para esconder el arma del delito, siempre que no haga mucho ruido, claro. A menos que nos dé por experimentar con manillares...

¿O es que tiene una que atrincherarse colocando cómodas, sillas y bicicletas contra la puerta de la habitación del hotel para que no entre ninguna mojigata? Y digo yo: ¿Para cuándo un chip en el cerebro que detecte pensamientos impuros? Y así todos juntitos, la humannidad al completo, en la cárcel, por escándalo público.

18 octubre, 2007

Chinchetas


Hoy me han explicado lo que son las creencias limitantes. Son esas frases lapidarias, pronunciadas con tono de verdad absoluta por alguna figura referente (padre, madre, hermanos mayores, profesor…), destinadas a explicar con una increíble simpleza algo tan complejo como un comportamiento, un rasgo de carácter o una actitud que de otro modo resultaría incomprensible. O tal vez sólo más incómodo de comprender.

Se genera una creencia limitante cuando, por ejemplo, unos padres dicen a su hijo: «Pero qué negado eres en matemáticas» cada vez que, a los ocho años, le sale mal una resta con llevada. Es probable que, efectivamente, el niño termine por ser negado en matemáticas. Se compra la explicación minimalista (¡¡porque se la venden sus propios padres!!), la graba en algún lugar de sus emociones y a partir de entonces la frase se comporta como una chincheta que lo clava a la pared por la manga del jersey y no le permite seguir caminando. El niño permanece anclado en la negación matemática.

Teóricamente, nos quedamos con estas creencias porque nos sirven para algo. A una amiga mía su madre le ha dicho varias veces que a su hermano, antes de nacer ella, su padre no le pegaba. Que estaba encantado con él, que lo llevaba a todas partes y que lo quería con locura. Que la cosa cambió cuando mi amiga comenzó a despabilarse. Cuando empezó a portarse bien, supongo, porque mi amiga era muy buena de pequeña. La explicación, seguramente, le sirve a su madre para descargarse de la responsabilidad de no haber sabido proteger a su hijo de las palizas de su padre. Eso sería más incómodo de reconocer, sin duda. Lo que no sé es para qué le ha valido a mi amiga comprarse semejante creencia. No sé qué le ha visto a la frase para quedársela, así tal cual, sin matizarla, ni dejarla reposar, ni darle alguna vueltita para ver qué esconde. Tener grabado en algún recoveco de su mente o de su cuerpo o de su alma que su hermano empezó a sufrir porque ella nació debe de ser una losa difícil de llevar para mi amiga. Sí tiene pinta de ser limitante, sí. Yo, si alguna vez tengo hijos, prometo no regalarles ese tipo de chinchetas.

Pero hoy no todo han sido averiguaciones sombrías: también me han contado algo positivo. Parece ser que, una vez se deshace uno de las chinchetas que lo mantienen clavado a la pared, es fácil que uno eche a volar y deje de ser un negado en matemáticas. Incluso es posible que llegue muy lejos, hasta el infinito. O más allá.

26 septiembre, 2007

Rottenmeier


Se acabaron las clases de filosofía y los regalos infinitos; los panes calientes y dulces y los «Dios mío, ¿y qué le contesto yo ahora?»; las reflexiones sobre calabazas y gomas de borrar, cuerpo y espíritu, felicidad y pulgas; los Ferrero en Navidad y las pegatinas de mariposas; los corazones de papel y los lápices con flores dibujadas.

Me ha dado pena decirle adiós a Yingming, y ni siquiera pude despedirme. Ayer me confirmaron en la academia que los padres han buscado otra profesora. Pues vaya. Algo así me esperaba, porque el padre (la madre no, no habla español) me había pedido ya alguna vez que le pusiera ejercicios adicionales y que le exigiera más a la niña. Que andaban muy preocupados por ella, por las notas, me dijeron en la academia. ¿Preocupados por ella? ¡Pero si es brillante! Tal vez sus notas no lucen mucho: saca bienes y notables (uf) en lugar de los sobresalientes que sus padres esperan, pero ella es genial. ¿Se habrán tomado la molestia de escucharla alguna vez? Lo dudo. O quizá sí, se han sentado a escucharla y no la han comprendido porque, sencillamente, la niña y sus razones están por encima de sus posibilidades.

Siento no verla más, me gustaba hablar con ella. Seguramente no logré que sacase nueves en matemáticas o en «cono». Bueno, seguramente no: no lo logré. Pero yo sí la escuchaba, y le di libertad para preguntarme lo que quisiera (aunque no siempre supiera contestarle…), para razonar a su antojo, para expresarse como deseaba. Creo que eso es más importante que las notas. Sobre todo cuando no se suspende nada.

Así que en el fondo yo me lo he buscado. Por jugar al Club de los poetas muertos. Los padres han encontrado a una rottenmeier que le ponga ejercicios extra a su hija (que va al cole de lunes a sábado, por cierto). Lo único que me alegra es que no seré yo quien contribuya a cuadricularla. Ni a presionarla. Ni a exprimirla.
¿Por qué ese empeño en que las notas sea lo único que cuenta para los niños? ¡¡Si en la vida real no hay notas!! No entiendo nada. En fin.

Hasta pronto, Yingming. Espero que seas más fuerte que todos ellos y sepas conservar tu brillo. Siempre.

27 agosto, 2007

Las pequeñas virtudes



Se han acabado las vacaciones, y este verano he aprendido muchas cosas:


-Que algunas medusas, cuando pican, te dejan una cicatriz en forma de grafitti, como si quisieran plasmar su firma; pero al cabo de dos días, si no piensas en ello, deja de escocerte.

-Que las madres siempre consiguen, de alguna manera, recolocar sus convicciones y sus creencias para encajar las decisiones de sus hijos, por muy incomprensibles que les resulten en un principio.

-Que algunas personas a veces tardan mucho en darse cuenta de que te fallaron en un momento crítico de tu vida, pero acaban reconociéndolo, y es de agradecer.

-Que es emocionante reencontrarse con una amiga de la adolescencia y comprobar que, a pesar del tiempo, la complicidad sigue ahí; y recordar con ella cuáles son las cosas que de verdad importan en la vida, y lo duro (y contraproducente) que resulta que esperen de ti que seas "perfecta" y que lleves una vida "perfecta".

-Que, si alguna vez tengo hijos, dejaré que sean lo que quieran ser, que sean como quieran ser. Lo prometo.

-Que, en ciertas cosas, algunas dan en el clavo:

"Por lo que respecta la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. [...] Acostumbramos a dar al rendimiento escolar de nuestros hijos una importancia del todo infundada. Y esto no es sino respeto por la pequeña virtud del éxito. [...] Les exigimos el éxito, queremos que satisfagan nuestro orgullo. [...] En general, creo que hay que ser muy cautos al prometer y suministrar premios y castigos. Porque la vida rara vez tendrá premios y castigos. Con frecuencia, los sacrificios no tienen ningún premio, y a menudo, las malas acciones no son castigadas, al contrario, a veces son espléndidamente recompensadas con éxito y dinero. Por eso es mejor que nuestros hijos sepan desde la infancia que el bien no recibe recompensa y el mal no recibe castigo, y que, sin embargo, es preciso amar el bien y odiar el mal, y no es posible dar una explicación lógica de esto."

Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg.

-Y por último, que los peces jakuzzi no son una leyenda: existen y es una alegría toparse con uno :-)

26 julio, 2007

Adivinaciones




Últimamente, las experiencias marcianas se reproducen en la oficina.

Hace un par de días, se sentó a mi lado un compañero, llamémoslo Cándido, para encargarme la traducción de unas partidas de equipos de climatización. Estaba mostrándome la ruta del fichero y, una vez abierto, entre extractores y aires acondicionados, me mira con ojos tiernos, y tímidamente, con mucho tacto, me pregunta:

-¿Cómo llevas el embarazo?

En ese mismo momento, mientras la Menchu inclinaba la cabeza hacia un lado de la pantalla de su ordenador para poder contemplar la escena sin obstáculos, aparecieron en mi mente varias cosas: un condón pinchado, un útero con un feto, ambos de color anaranjado (tipo ilustración de libro de secundaria) y una frase que se materializó en cuestión de microsegundos, una de esas ideas absurdas que surgen espontáneamente para dar explicación lógica a algo que no la tiene ni de lejos: "Pero, ¿cómo ha podido pasar?, ¿¿¿y cómo demonios puede saberlo él si ni siquiera lo sabía yo???".

Al fin logro contestarle:

-Perdona, ¿me has preguntado por mi embarazo?
-Sí -sigue contándome con la misma timidez-... como el otro día nos invitaste a palmeritas porque estabas de tres meses...

¡¡Una broma!! Aquello fue una broma... Qué susto. De repente lo había imaginado en su casa con una bola de cristal en las manos, adivinando estados de esperanza (o desesperación, según el caso). Después de explicarle que aquello había sido un chiste de las chicas, todos nos reímos (incluida yo) con ganas.

No hace falta decir que desde entonces soy la embarazada oficial de la oficina, y que gasto mucho cuidado con el café que tomo. Ya tengo hasta padrino para mi nohijo.

En favor de Cándido he de decir que demostró una abertura mental nada despreciable, dados los compañeros (que no las circunstancias), al no entrar en modo aturullado cuando pensaba que 1) no tengo novio 2) vivo con un divorciado y su hija 3) no me enrollo con mi compañero de piso y 4) estoy embarazada.
¡¡Hasta yo me asustaría!!

28 junio, 2007

Marcianos



El pasado 26 hizo tres meses que empecé en mi actual trabajo mañanero. Para celebrarlo, y porque me lo pidió mi compañera, la Menchu, compré unas palmeritas de chocolate para el café de las once. Con la excusa, nos reunimos todos en la cocina, menos el nuevo (que no sabemos si no nos entiende porque es guiri, no nos oye porque no se quita nunca los cascos, o simplemente pasa de nosotros) y el súperjefe, que atendía otras obligaciones.

«¿A qué se deben las palmeritas?», preguntaban los chicos conforme iban entrando. «La Franchu (la Franchu soy yo, por aquello de que traduzco al francés), que está de tres meses», contestaban las chicas, maliciosas ellas. Uno de los chicos, llamémoslo Paco Martínez (no se me ocurre nadie más rancio así a bote pronto), aprovechando la circunstancia, se decidió a informarse. Y digo que aprovechó la circunstancia porque quedó clarísimo que llevaba tiempo rumiando su curiosidad, y se ve que esta ocasión le pareció suficientemente calva. Así que, muy ufano él, me comenta:

— Tu chico estará muy contento, ¿no? Tres meses ya.
— ¿Mi chico?, ¿tres meses? Pero has pillado que no son tres meses de embarazo, ¿no? Sino que llevo tres meses aquí.
— Si, bueno, eso. Que estará contento tu churri, digo.
— ¿Questarácontentomiquéee?
— Tu churri, tu chico, tu maromo…
— Pues no tengo, pero de tenerlo supongo que se alegraría por mí, sí.
— ¿No tienes novio?

En este momento repasé mentalmente a todos los chicos de la oficina, y concluí que me daba igual que supieran o no que estoy soltera —unos por feos, otros por casados, otros porque leen a Ken Follet y la mayoría por todo a la vez, están descartados de mi lista—. Aún así, fui sincera con Paco Martínez.

— No, no tengo novio.
— Ah —repuso él, muy pillín— como a veces hablas de «tu compañero de piso»…
— Claro, es que compañero de piso sí tengo, pero novio no.

Cara de póquer. En el fondo, esta gente que ha visto tan poco mundo me da un no sé qué tirando a penilla, yo creo que sacan mi yo más vanidoso o algo. No sé, será que vengo de un ambiente (el de estudiantes en ciudad ajena) bastante más abierto y estos otros me parecen recién salidos de los años 40. El caso es que se lo expliqué como si fuese un niño, en plan «yo sí, pero ella no».

— A ver: vivo con un chico, que por lo tanto es mi compañero de piso, y además es mi amigo, pero no somos pareja.
— Aaaah. O sea que vivís los dos —me dice dudando, como para ver si lo ha entendido bien.
— No —le contesto, para liarlo un poco más—, vivimos los tres: también está su hija.
— Peroooo… entonces… ¿La lavadora, por ejemplo, la ponéis juntos?

¿Será esta su forma de preguntarme si follamos? No lo tengo muy claro, pero como metáfora no está mal. Igual la uso en algún cuento: «Hacía ya varios meses que lavábamos la colada por separado… ».

—No —le contesto—, cada uno pone sus propias lavadoras. Pero con la comida, sin embargo, hay promiscuidad absoluta. Todos nos comemos lo de todos.

En fin, la conversación quedó aquí, no era plan de acabar diciendo alguna barbaridad. Aunque alguna vez dejaré de contenerme y le soltaré una buena a esta gente tan «del establishment». Yo me pregunto: ¿será cosa de los madrileños?, ¿por aquello de que, como aquí están todas las carreras, no se van de casa hasta que se casan —valga la cacofonía—? Aunque tengo amigos madrileños que no tienen esa mentalidad; ¿será cosa de los ingenieros, a quienes se les presupone una mentalidad tendente a la cuadriculación? Pero muchos amigos míos (y yo misma) aun teniendo título ingenieril tampoco pensamos así. No sé, no sé qué será.

Lo que me gustaría que supieran es que ellos, con su camino trazado de antemano (carrerita, curro en oficina de 9 a 9, hasta los 30 en casa con papá y mamá, noviazgo, bodorrio, esperamos dos años, un crío, esperamos dos años, otro crío) son tan marcianos para mí como yo para ellos.

07 junio, 2007

Cóctel primaveral




No sé a vosotros, pero a mí esta primavera me está volviendo loca.

Todos los años, desde hace dos o tres, cuando empieza marzo me tomo algún complemento. Este año me compré tres cajas, tres, de jalea real en varias versiones: con plus de fósforo, para la memoria (que esto de traducir quema muchas neuronas); con plus de propóleo, para las defensas (por los cambios climáticos, digo de tiempo); con plus de aloe vera, para la belleza (pues eso, para estar guapa). Y me fue muy bien, la verdad. Todos los días, en ayunas, mi ampollita, y allá iba yo con mi mochila de sonrisas a la espalda. Luego se me acabó la jalea, y el jaleo también. De repente, necesitaba dos cafés mañaneros para poder llegar medianamente persona al mediodía. Y mis niños eran de pronto más tontos que nunca, angelitos ellos, qué culpa tendrán de mi debilidad primaveral.

Después de dos semanas de languidez, decidí volver a darme a las jaleas. El lunes pasado compré eleuterococo, también llamado gingsen siberiano, que es parecido al coreano pero para chicas. Porque el coreano, por si no lo sabéis, es para chicos. Sí. Hasta la raíz tiene forma de… pues eso, de chico :-) El que yo tomo, el siberiano, es para chicas. Da fuerzas y aumenta las defensas. Puede (eso no está comprobado) que aumente la energía sexual. Espero que esto último no se cumpla. Con la primavera, sus rayos de sol que acarician, sus flores en plena expansión, su calorcito que invita a ir desnudándose (un poquito), sus chicos de mirada húmeda… ya hay suficiente erotismo en el ambiente, no necesito extras.

Además de todo esto, desde hace unos días estoy resfriada. O me ha dado la alergia por primera vez chispas. O estoy resfriada y además tengo alergia. Quién sabe. Así que me tomo tres sobrecitos de frenadol al día. Y esto, claro, me deja un poco lánguida. Pero no importa, porque no olvidemos que tengo eleuterococo, que me da fuerzas, para compensar. Será cuestión de encontrar las dosis adecuadas: dos de gingsen y una de analgésicos, o tres energizantes y dos paracetamoles... pongo aquí, quito allá, y a lo mejor consigo la mezcla perfecta. Y entre tanto, sigo estornudando y rodeada de chicos guapos con mirada hambrienta. Decidme si no es para volverse loca.

17 mayo, 2007

Espiral china



No hace mucho leí un cuento de cuyo nombre y autor/a no logro acordarme (si alguien sabe a cuál me refiero, por favor, que me lo «sople»; me proporcionaría bastante tranquilidad); leí un cuento, digo, en el que el niño —algo travieso— de una familia A se divierte rayando la puerta de los vecinos (familia B). El padre A, muy preocupado, habla con los padres B y les pide disculpas por el comportamiento de su hijo. Los B, muy comprensivos ellos, no sólo lo tranquilizan asegurando que «son cosas de críos», sino que al día siguiente obsequian al niño A con un detalle, para que no se sienta culpable por su pequeña travesura, tan propia de su edad, por otra parte. Los A deciden, en agradecimiento, y aunque no disfrutan nada con las visitas sociales, ofrecer una cena en casa para los B. Los B, a su vez, se ven en la obligación de hacer un regalo a los A, en compensación al banquete. De esta forma, los A y los B entran en una especie de espiral de agradecimientos recíprocos y terminan regalándose cosas como un tren (entero), un caballo (de verdad, de los que relinchan).

Últimamente, creo que estoy metiéndome en algo parecido. Y empieza a asustarme un poco… Todo empezó en Navidad, cuando los padres de Yingming me regalaron una caja de 48 ferreros y una bolsa de caramelos de cereza ácida. Yo, para corresponder, le regalé a Yingming por Reyes unas pegatinas con forma de mariposa y unos lápices decorados con frutas y flores. Esas cosas que le gustan a ella. Entonces, la madre de Yingming, quien siempre que voy a dar la clase está cocinando algo maravilloso, empezó a regalarme periódicamente panes chinos preparados por ella misma. Son esos panecillos tan acogedores: redondos, blancos y algo dulces, que se toman calentitos con algo salado o picante, para intensificar su sabor. Cuando volví de casa de mi madre por semana santa, les traje pestiños caseros (hechos por mi madre, que es una especialista), en agradecimiento. Un par de semanas después, ella me obsequió con una pizza china, con setas y otras verduras no identificadas. Poco más tarde, fue el cumpleaños de Yingming y le regalé un libro firmado por su autor, el tío Chema. Unos días después, ella me dio un corazón de papel, y yo le correspondí con una sonrisa y un barco, también de papel. Hoy me ha regalado un portaminas Pilot de color azul, que era suyo (y ella adora los portaminas Pilot de colores), y su madre unos panes chinos, con unas cigalas y unas patas de centollo o de cangrejo o de langosta (no distingo muy bien esa clase de bichos), para acompañar… Ahora estoy pensando en hacerles una tarta de Santiago, que es la que mejor me sale, y regalarle a Yingming una funda rosa para las gafas, porque tiene una de color naranja y no le gusta nada el naranja. Es el peor color del mundo. No sé adónde llegaremos. Me ha absorbido esta espiral de amabilidad china, y no sé. Espero que no me pase como en el cuento. Porque a mí para caballos no me da.

PD. ¡¡Lo encontré!! Es En defensa propia, de Fernando Sorrentino. Qué bien voy a dormir esta noche...

03 mayo, 2007

Burbujas


Encontrarme con una amiga después de varios años y contarnos la vida; leer a Pessoa y su desasosiego y sentir que ese libro soy yo, que yo soy ese libro y sus saudades; quedarme sin habla después de un abrazo esperado y cálido, silencioso y tierno, emocionado; Yingming diciéndome que le gustaría que yo fuese su maestra del cole; imaginar la estela blanca de cinco mil gansos -escapados de un cuento de Ford- sobrevolando un lago, figurarme que también yo tengo alas, que puedo ser uno de ellos y volar; que un amigo escritor -o un escritor amigo- me envíe los cuentos que guarda en el cajón de las dudas; que mi compañero de piso me dé los buenos días con una canción que ha inventado para mí; olvidar el sexto mandamiento por siempre jamás; mirar al cielo y que llueva; mirar al cielo y que luzca el sol; escuchar a los pájaros cortejarse; desear ser un pájaro y cortejar como ellos, cantando entre ramas verdes al atardecer; abrazar un árbol y sentir que formo parte del mundo; echarme sobre un campo de amapolas y dejar que el viento se mezcle con mi pelo.

19 abril, 2007

De papel


Hoy Yingming me ha regalado un corazón de papel. No he querido llorar, para que no creyese que estaba triste; y para no ahogar los sufijos y los posesivos, que también son de papel. Sobre todo los posesivos.
Yo le he regalado una sonrisa y un barco. De papel.



Origami realizado por Maarten van Gelder

09 abril, 2007

De jonjuros y cerezas



Claudia me mira con sus enormes ojos de color caramelo y me contesta que sí, que se lo ha pasado muy bien en la fiesta. La fiesta es el parque de atracciones, de donde acaba de llegar con su madre. Luego corre hacia el sofá y coge con decisión su varita mágica, hecha con un palo de madera, cintas brillantes de reflejos dorados y una estrella de plata en la punta. Luego, agarra firmemente con la mano libre una pelota que espera en el suelo, y que tiene la virtud de plegarse sobre sí misma hasta convertirse en una especie de flor enorme de goma que, a los pocos segundos, vuelve a tomar forma de pelota pegando un salto. Entonces, Claudia se sienta en el suelo, vuelve a mirarme y grita:
-¡Gupe, ven a hacer un jonjuro!

Y yo, que siento debilidad por las cosas mágicas, no tardo ni un segundo en estar sentada enfrente de esa brujita con cara de mazapán. Claudia se derrite de risa cada vez que realiza su jonjoro: empuja la pelota contra el suelo con la mano, hasta que consigue la forma de flor, luego levanta su varita mágica, dibuja con ella círculos en el aire y finalmente toca la superficie de la pelota con la punta de la estrella, mientras grita "Jonjuro". A los pocos instantes, la sintética flor de goma da un salto y vuelve a convertirse en pelota, y Claudia rueda hacia atrás, hecha un ovillo, y se tapa la boca para que no acabe de escapársele la carcajada. Como yo también me río y me llevo las manos a la cabeza, asombrada con su magia, Claudia repite el jonjuro catorce veces más, con idéntico resultado de flores saltarinas, pelotas disfrazadas y risas enloquecidas.

Cuando se cansa de su juego de magia, se queda mirando sus zapatillas violeta con dos grandes mariposas verdes y mis calcetines blancos con mariposas amarillas. Las toca con un incierto dedito índice. Le digo que lleva unas zapatillas muy bonitas y ella me contesta que se las ha comprado mami y que le gustan mucho las maricosas.
Después, pellizca un trocito de su pijama y me alarga una de las cerezas que lleva pintadas. Me como inmediatamente la cereza, saboreándola bien. Mmmmmmmh... Como me gusta mucho, cojo un puñadito más de su pijama.
-No te comas todas mis cerezas -alcanza a advertirme Claudia, mientras su madre la lleva a la cama, cariño, que es tarde.

Echo de menos una varia mágica para que las pelotas de goma puedan convertirse en flores, y viceversa, en cuestión de segundos y con un simple salto, y para coger una cereza de tela y comérmela, y que me encante, y poder comerme todas las cerezas del pijama siempre que quiera. Echo de menos los jonjuros.

Dibujo: "Cerezas sonrientes", de Donald Peterson.