16 enero, 2007

Otras cinco horas con Mario



Cuenta mi amiga chinita que dentro de veinte años no habrá coches por la calle porque todos circularán bajo tierra, como el metro (al paso que va Gallardón, todo es posible). Y que en la superficie solo habrá parques y árboles y personas.

Luego confiesa que le cuesta mucho imaginarse a sí misma dentro de veinte años.
—Es que… treinta… uffff —dice hinchando los mofletes y soltando el aire por la boca como si estuviese inflando un globo—, ¡qué vieja!
—¿Yo te parezco vieja? —le replico, pero sin una sola pizca de indignación, no os vayáis a pensar.
—No —contesta ella—. Pero es que así de golpe pensar que hoy tengo diez y mañana treinta…
—Así de golpe se haría muy duro, ¿verdad?
—Sí, es mejor poco a poco, cada día un poco más viejo hasta que llegas. Pero no eres viejo hasta los ochenta.
—¿A los ochenta ya se es viejo siempre? —indago con cierta intriga, aunque aliviada (todavía tengo una tregua de cincuenta :-).
—Sí, a los ochenta sí, porque tienes la cara llena de arrugas —contesta con total seguridad.
—¿Y si tienes arrugas pero te gusta hacer gimnasia y pasear por la playa e ir a fiestas? Yo conozco a personas de ochenta años que hacen todas esas cosas (es cierto: una amiga de mi madre).
—A los ochenta, ¿cómo vas a ir a fiestas? Con ropa de joven y todo… —replica con el ceño fruncido y sacudiendo la mano.
—No tienes que ponerte ropa de joven —la tranquilizo.
—Pero las viejas no pueden ponerse nada de color verde.
—¿Y por qué no pueden ponerse nada verde las viejas? —le pregunto con mucha curiosidad.
—Así verde clarito como tu jersey, no.
—¿Y eso por qué?
—Porque tienen que ir siempre de oscuro, de negro y esos colores.
—¿Quién te ha contado eso? —Pensé que una idea como esa no podía salir de ella.
—Mi profesora. Dice que cuando se muere alguien, tu marido o alguien de tu familia, hay que ponerse de oscuro y de negro.
—¿Eso os cuenta vuestra profesora?
—Sí. Dice que cuando se murió su marido ella se puso de negro.
—Pero eso no es obligatorio, ¿sabes? Hay personas que se ponen ropa oscura porque lo marca la costumbre del luto y les gusta seguirla, pero no es obligatorio.
—¿Y entonces cómo te vistes si no?
—Pues normal, como te sueles vestir siempre. No tienes obligación de ponerte de negro, ni de oscuro, ni de nada. Si te gusta el verde clarito y te lo quieres poner pues te lo pones, da igual que tengas ochenta años o que haya muerto alguien, es tu decisión —le contesto, y cambio de tema para no indignarme más.

Luego he pensado que dentro de veinte años, en el 2027, quizá los coches vayan por debajo de la tierra, como dice mi amiga, y en la superficie solo haya parques por donde pasean señoras viejas de luto, todas vestidas de negro, todas recordando las palabras de sus profesoras: «Hay que vestirse de oscuro, hay que guardar el luto», mientras lloran desconsoladas entre los árboles y se besan unas a otras, mua mua, en el aire, sin rozarse siquiera las mejillas, para no sentir el contacto del rostro ajeno. En el 2027.

23 diciembre, 2006

Que no os pique una medusa




Las esperadas (o no) fechas navideñas ya están aquí. A mí este año se me han aparecido casi espontáneamente. En Villaverde no gastan muchas decoraciones (luces parpadeantes y esas cosas), por no decir ninguna, y he subido poco al centro, así que no me he embebido del “espíritu” (eso que no está duro) de las fechas.
A pesar de mi desapego momentáneo, me voy unos días a casa de mi madre. Tengo ganas de calor hogareño y de mar, de mucho mar.

A mi alumna china (la echabais de menos, confesadlo…) no le gusta el mar.
—Hay medusas y te pican —me dice con cara de ñissss.
—Pero si a ti nunca te ha picado ninguna medusa —replico yo, que sé que en sus 10 años de existencia aún no se ha encontrado cara a cara con uno de estos bellos especímenes marinos.
—Ya, pero si te metes en el mar te puede picar una.
—Bueno, pero eso es como no salir a la calle por si te atropella un coche —yo sigo en mis trece, por defender a mi mar, más que nada.
—Pero en la calle hay semáforos para avisarte, en el mar no hay semáforos para decirte que viene una medusa.

...

Una vez más su lógica aplastante me deja k.o., así que recojo mis bártulos (la clase ha terminado y esta vez no tengo que hacer tiempo con las esdrújulas ni con las fracciones). Felicito las fiestas a madre e hija con una gran sonrisa navideña; la madre sonríe y asiente con la cabeza, supongo que es su forma de decir “igualmente” (no habla español). Me acompañan ambas a la puerta y cuando salgo al pasillo oigo a mi alumna:
—¡Que no te pique ninguna medusa!
—Gracias —le contesto, sinceramente agradecida.
No se me ocurre un mejor modo de felicitar el año. Que no me pique una medusa. Eso exactamente le pido al 2007. Encontrar un trabajo mejor, casa, amores, paz y todas esas cosas no son más que proyecciones de futuro —algo ansiógenas, por cierto—, que a mí más que ilusionarme me agobian.

Voy a guardar en mi maleta unas pocas prendas de abrigo (este año la navidad es blanca hasta en el Mediterráneo...) y algún que otro potingue cremoso, también un par de regalitos envueltos en papel brillante (viva la previsión), voy a coger el tren, ese que nos lleva a casa a los “exiliados” y voy a intentar pasar un cálido final de año.

Felices fiestas a todos, y que no os pique una medusa.

25 noviembre, 2006

Absurdo trajín o desierto de tártaros

Aquí os dejo otra perla (hoy me he ido de pesca) y además aprovecho para recomendaros este libro, hermoso y triste como la vida.

"Precisamente en esa época Drogo se dio cuenta de que los hombres, por mucho que se quisieran, siempre permanecían alejados; si uno sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una mínima parte; si uno sufre, no por eso los otros sienten daño, aunque el amor sea grande, y eso provoca la soledad en la vida"

© Dino Buzzati, El desierto de los tártaros

En mi pecho

Con (o más bien sin) el permiso de Manolo, aquí os dejo esta perla, que para mí es casi un himno. Para mis cómplices. Cuánta verdad.

En mi pecho, corazón,
late libre, sin temor.
Déjame ser verso de amor,
la devoción de un amigo.
Mucho tiempo sombra fui,
en mi mismo me perdí.
De ti aprendí a ser la mano que da
sin recibir,
generosa y leal.

¿Qué es la vida? absurdo trajín.
Dame alma, calor.
Ser tan limpios como la nieve que cae.
Todo tiene quien todo da.

Nada espero, nada sé,
nada tengo, sólo fe.
Y donde estemos, saber estar;
aunque sea ingenuo, no codiciar.
Nunca ceder ante la adversidad.
Quiero tener la alegría
del que está en paz.
Mis cadenas he de romper;
fuera penas, amargas como la hiel.

© El Último de la fila

08 noviembre, 2006

de Úrsulas y fantasmas

Todo empezó con un texto de Baroja…
«Mi tía Úrsula, hermana mayor de mi madre, solterona romántica, comenzó a enseñarme a leer. Doña Celestina era como el espíritu de la tradición en la familia Aguirre; la tía Úrsula representaba la fantasía y el romanticismo.»

—¿Qué significa Úrsula? —me pregunta inocentemente mi alumna chinita (a quien en breve tendré que empezar a pagar derechos de autor).
—Es el nombre de la tía, es un nombre propio.
—¿Úrsula? Qué nombre más feo, nunca he oído ese nombre.
—Es un poco antiguo, sí.
—¿Y qué es espíritu? —me sigue preguntando, sin mala intención.

Y yo me pregunto: 1. ¿Quién ha sido el listo que ha puesto un texto de Baroja en un libro de quinto de primaria? y 2. ¿Por qué en lugar de explicarle que, en este contexto, espíritu es tendencia, inclinación etc. preferí meterme en el siguiente berenjenal?

—Pueesss… espíritu es la parte de las personas que no es corporal —me aventuro.
—¿Corporal? —duda ella.
—Sí, la parte que no se puede ni tocar ni ver. Como el pensamiento —sigo yo, convencidísima.
—Pero tocar también es sentir, ¿no? Porque si yo toco esta hoja —dice, cogiendo la esquina de un folio—, también la siento.
—Sí, tocar también es sentir.
—Entonces el pensamiento se puede tocar, porque cuando piensas algo también lo sientes. Y lo estás viendo, porque tienes la imagen en la cabeza.

Entonces me puse a pensar qué diablos es el espíritu y si realmente existe cosa semejante, y si se puede separar el cuerpo de la mente. Y resulta que hasta una niña de 10 años sabe mejor que yo que, al menos, no puede hacerse fácilmente.

«¿Y qué le digo yo ahora?»… he aquí la perla que solté:

—Bueno, digamos que es la parte de las personas que no es sólida.
—¿Sólida?, ¿qué es sólida?
—Duro, lo que no es duro como los brazos.
—Pero las células son blanditas.

&%”&/$•&”$•/!#@#@~

Aquí ya supe que no tenía nada que hacer, porque su convicción de que las células son unas cosas blanditas es absoluta. Por ahí no tenía salida. Así que, como casi siempre, me escapé como pude:

—Bueno, a lo que vamos, ¿espíritu lleva o no lleva tilde?

Menos mal que no se le ocurrió comprobar que esa definición un poco fantasmilla que le di (y que por cierto coincide más o menos con la que da el María Moliner), para el texto de Baroja quedaba cuanto menos extraña.

Ahora, para prepararme las clases de primaria, me estoy leyendo las obras completas de Hegel, ¿qué menos, no?

18 octubre, 2006

Filosofía oriental



Mi alumna chinita y yo repasamos Conocimiento del medio: con qué respira cada animal. Entonces, después de contarme que los mamíferos utilizan los pulmones y los peces, las branquias, me pregunta:
—De todos los seres vivos que existen, ¿cuáles son los más felices?
Tras el pasmo inicial y la risa casi terapéutica, le contesto, sin responder (en parte porque a veces me puede la cobardía y en parte porque sentí curiosidad por su razonamiento):
—Pueeees… no estoy segura, ¿cuáles crees tú que son los más felices?
—Los perros, no —me contesta ella, mucho más valiente que yo (por algo tiene 10 años)—. Porque no pueden llevar gafas, ni esas cosas que se ponen en las orejas, así redondas.
—¿Auriculares?
—Eso, auriculares. No pueden ponerse auriculares ni tampoco pueden andar con dos patas. Ni escribir. Y no pueden trabajar.
—A lo mejor son más felices por no trabajar —me aventuro—. Pueden estar todo el día jugando.
—Sí, pero no pueden comprarse ropa. Y los delfines tampoco son los más felices, porque solo pueden vivir en el agua.

Así que ni los perros, ni los delfines. Reconozco que sí se me ocurrió cuál podía ser el animal más feliz. A mi alumna no me atreví a confesárselo, pero enseguida me dije «el que menos piense», y ahí estaba el bichejo, dando botes y sonriendo. Yo no sé si tendrán problemas las pulgas, pero no sé por qué me parece que no. Aparte de esos collares malolientes que venden los veterinarios, no se me ocurre qué otro sin vivir pueden tener. Aunque a lo mejor me equivoco y es imposible que sean felices si no pueden ponerse unas gafas. ¿Habrá gafas para pulgas?, ¿y auriculares?

Como mi alumna había llegado a una conclusión más aliviante que la mía, decidí allanarle un poco el camino:
—Entonces, según tu teoría, parece que el hombre es el ser vivo más feliz, ¿no? Puede trabajar, escribir, llevar gafas y auriculares, caminar con dos patas, comprar ropa y no vive en el agua.
—Sí, es el hombre —concluyó con una sonrisa—. Y tú, ¿por qué no sabes cuál es el animal más feliz?, ¿es que no te lo enseñaron o es que ya no te acuerdas?
—Mmmm… No, no me lo enseñaron.
Llegadas a este punto, pretexté que se nos echaba el tiempo encima para cambiar de tema: la propiedad conmutativa, lección 3 de matemáticas. Aunque no lo parezca, a veces las propiedades pueden ser nuestras amigas.

Al rato, la cabecita de mi alumna se puso de nuevo en funcionamiento —¿deja de estarlo algún segundo?—:
—Esta suma es muy fácil —dice, apartando el cuaderno de la mesa—. Y a ti —continúa—, ¿qué curso te gusta más de todos?, ¿cuarto, quinto, sexto…?
—Pues no sé, me gustaron todos, hace mucho tiempo para acordarme de cuál me gustó más —aquí no salta ninguna pulga por mi cabeza.
Ella me mira con esos ojos que ponen a veces los padres, que dicen algo así como «no tienes remedio», y sentencia:
—No te acuerdas de nada. A este paso cuando seas vieja no te vas a acordar de cuando eras feliz.
o_O
—Y… ¿qué palabras tenías que subrayar en el ejercicio de lengua, las esdrújulas? —le pregunto a mi profesora de filosofía.

02 octubre, 2006

Arquitectura de género




Nunca me había parado a pensar en el género de los países. En francés sí, en francés está claro: hay países masculinos (le Pérou) y países femeninos (la Russie). Pero, ¿en español? En español no les ponemos artículo. Y aún así, tenemos países femeninos y países masculinos: en todo Japón / en toda Francia.

España es femenina.

El género de las palabras es arbitrario: no hay ningún motivo racional para que, por ejemplo, mesa sea femenino en lugar de masculino. Pero, no sé por qué, de repente me ha llamado la atención que España sea femenina. Nunca lo había pensado, la verdad. Me he dado cuenta hoy, cuando han presentado en el telediario la Bienal de Arquitectura de Venecia, donde el comisario del pabellón español ha dado especial importancia al género femenino.

¿Cuándo dejará de ser noticia que las mujeres destaquemos en alguna actividad?, ¿qué pasaría si España fuese masculino?, ¿saltarían más chicas a la palestra?

“El pabellón español es uno de los más satisfactorios formalmente y, aunque incluye muchos buenos proyectos urbanos, el enfoque se centra exclusivamente en la presencia de mujeres. Presenta una serie de tres docenas de cajas de luz blancas, cada una con una pantalla vertical de vídeo que muestra a una mujer por encima de la cintura hablando de cuestiones urbanas. El comisario, Manuel Blanco Lage, al estilo de Pedro Almodóvar, ha producido una versión exclusivamente femenina de un mundo que está dominado normalmente por hombres, presentando a las mujeres que trabajan como urbanistas, políticos, artistas, promotoras, vendedoras ambulantes y, por supuesto, arquitectas. La arquitecta Carme Pinós ha comentado: "¡Todo el mundo dice lo bien que salgo en el vídeo, pero parece que nadie se fija en mi torre!" (la recientemente terminada Torre Cube de veinte pisos de altura en Guadalajara, México). Y éste es el espíritu del conjunto de la exposición, que resta importancia al papel de la arquitectura.”

http://www.elpais.es/articulo/arte/Ciudades/arquitectura/elpbabart/20060916elpbabart_8/Tes/