14 febrero, 2007

Carlitos no es pijo



Recuerdo que en mi época tenían fama de pijos, había incluso una frase hecha: "Te lo juro por Snoopy", para reírnos de ellos. Es una pena que por ese prejuicio (que son de pijos) me los haya perdido hasta ahora. Pero nunca es tarde :-)

Son tiernos-tiernos y divertidos. Son niños, y ven el mundo como niños, pero sus preocupaciones y filosofías, creo, se acercan mucho al mundo de los adultos. Como los razonamientos analíticos del incomprendido Linus, o los malestares existenciales de Caritos: "La vida pasa ante mis ojos sin sentido, ¿qué puedo hacer?", y los consejos prácticos que le da Lucy en su consulta de Ayuda Psiquiátrica: "Este es el único mundo que conoces, ¿no?; has nacido para vivir en este mundo, ¿verdad? ¡BUENO, PUES VIVE!"; o cómo la generosidad de Snoopy lo lleva a quedarse sin casa cada vez que sus colegas los pajaritos quieren jugar al póquer... Son fantásticos. Una gran medicina para los días tontos.

09 febrero, 2007

Piratas



Teniendo en cuenta mi afición a ver buenas (y gratuitas) películas por la noche, cómodamente sentada en mi cama, a la íntima (o porno, según la ocasión) luz de mi lámpara roja, con un par de velas encendidas y el esenciero propagando un sutil aroma de romero, no puedo negar que un poco pirata sí que soy, sí. Y es curioso, porque remordimientos no siento ninguno. Tal vez eso me haga más pirata todavía :-)

El caso es que, desde el 22 de enero, existe oficialmente el Partido Pirata Español. Por su nombre se puede uno figurar por dónde va su programa. Parece que otros países ya tenían sus correspondientes Partidos Piratas, y este año ha llegado a España.

Visto lo visto, creo que es muy probable que ofrezcan cosas más interesantes que los "grandes" partidos españoles (aunque el divorcio exprés es difícil de superar, lo reconozco).

Mientras tanto, yo seguiré preparándome sesiones "a la Mil y una Noches", como dice mi amigo Chema, y consumiendo cultura "liberada".

16 enero, 2007

Otras cinco horas con Mario



Cuenta mi amiga chinita que dentro de veinte años no habrá coches por la calle porque todos circularán bajo tierra, como el metro (al paso que va Gallardón, todo es posible). Y que en la superficie solo habrá parques y árboles y personas.

Luego confiesa que le cuesta mucho imaginarse a sí misma dentro de veinte años.
—Es que… treinta… uffff —dice hinchando los mofletes y soltando el aire por la boca como si estuviese inflando un globo—, ¡qué vieja!
—¿Yo te parezco vieja? —le replico, pero sin una sola pizca de indignación, no os vayáis a pensar.
—No —contesta ella—. Pero es que así de golpe pensar que hoy tengo diez y mañana treinta…
—Así de golpe se haría muy duro, ¿verdad?
—Sí, es mejor poco a poco, cada día un poco más viejo hasta que llegas. Pero no eres viejo hasta los ochenta.
—¿A los ochenta ya se es viejo siempre? —indago con cierta intriga, aunque aliviada (todavía tengo una tregua de cincuenta :-).
—Sí, a los ochenta sí, porque tienes la cara llena de arrugas —contesta con total seguridad.
—¿Y si tienes arrugas pero te gusta hacer gimnasia y pasear por la playa e ir a fiestas? Yo conozco a personas de ochenta años que hacen todas esas cosas (es cierto: una amiga de mi madre).
—A los ochenta, ¿cómo vas a ir a fiestas? Con ropa de joven y todo… —replica con el ceño fruncido y sacudiendo la mano.
—No tienes que ponerte ropa de joven —la tranquilizo.
—Pero las viejas no pueden ponerse nada de color verde.
—¿Y por qué no pueden ponerse nada verde las viejas? —le pregunto con mucha curiosidad.
—Así verde clarito como tu jersey, no.
—¿Y eso por qué?
—Porque tienen que ir siempre de oscuro, de negro y esos colores.
—¿Quién te ha contado eso? —Pensé que una idea como esa no podía salir de ella.
—Mi profesora. Dice que cuando se muere alguien, tu marido o alguien de tu familia, hay que ponerse de oscuro y de negro.
—¿Eso os cuenta vuestra profesora?
—Sí. Dice que cuando se murió su marido ella se puso de negro.
—Pero eso no es obligatorio, ¿sabes? Hay personas que se ponen ropa oscura porque lo marca la costumbre del luto y les gusta seguirla, pero no es obligatorio.
—¿Y entonces cómo te vistes si no?
—Pues normal, como te sueles vestir siempre. No tienes obligación de ponerte de negro, ni de oscuro, ni de nada. Si te gusta el verde clarito y te lo quieres poner pues te lo pones, da igual que tengas ochenta años o que haya muerto alguien, es tu decisión —le contesto, y cambio de tema para no indignarme más.

Luego he pensado que dentro de veinte años, en el 2027, quizá los coches vayan por debajo de la tierra, como dice mi amiga, y en la superficie solo haya parques por donde pasean señoras viejas de luto, todas vestidas de negro, todas recordando las palabras de sus profesoras: «Hay que vestirse de oscuro, hay que guardar el luto», mientras lloran desconsoladas entre los árboles y se besan unas a otras, mua mua, en el aire, sin rozarse siquiera las mejillas, para no sentir el contacto del rostro ajeno. En el 2027.

23 diciembre, 2006

Que no os pique una medusa




Las esperadas (o no) fechas navideñas ya están aquí. A mí este año se me han aparecido casi espontáneamente. En Villaverde no gastan muchas decoraciones (luces parpadeantes y esas cosas), por no decir ninguna, y he subido poco al centro, así que no me he embebido del “espíritu” (eso que no está duro) de las fechas.
A pesar de mi desapego momentáneo, me voy unos días a casa de mi madre. Tengo ganas de calor hogareño y de mar, de mucho mar.

A mi alumna china (la echabais de menos, confesadlo…) no le gusta el mar.
—Hay medusas y te pican —me dice con cara de ñissss.
—Pero si a ti nunca te ha picado ninguna medusa —replico yo, que sé que en sus 10 años de existencia aún no se ha encontrado cara a cara con uno de estos bellos especímenes marinos.
—Ya, pero si te metes en el mar te puede picar una.
—Bueno, pero eso es como no salir a la calle por si te atropella un coche —yo sigo en mis trece, por defender a mi mar, más que nada.
—Pero en la calle hay semáforos para avisarte, en el mar no hay semáforos para decirte que viene una medusa.

...

Una vez más su lógica aplastante me deja k.o., así que recojo mis bártulos (la clase ha terminado y esta vez no tengo que hacer tiempo con las esdrújulas ni con las fracciones). Felicito las fiestas a madre e hija con una gran sonrisa navideña; la madre sonríe y asiente con la cabeza, supongo que es su forma de decir “igualmente” (no habla español). Me acompañan ambas a la puerta y cuando salgo al pasillo oigo a mi alumna:
—¡Que no te pique ninguna medusa!
—Gracias —le contesto, sinceramente agradecida.
No se me ocurre un mejor modo de felicitar el año. Que no me pique una medusa. Eso exactamente le pido al 2007. Encontrar un trabajo mejor, casa, amores, paz y todas esas cosas no son más que proyecciones de futuro —algo ansiógenas, por cierto—, que a mí más que ilusionarme me agobian.

Voy a guardar en mi maleta unas pocas prendas de abrigo (este año la navidad es blanca hasta en el Mediterráneo...) y algún que otro potingue cremoso, también un par de regalitos envueltos en papel brillante (viva la previsión), voy a coger el tren, ese que nos lleva a casa a los “exiliados” y voy a intentar pasar un cálido final de año.

Felices fiestas a todos, y que no os pique una medusa.

25 noviembre, 2006

Absurdo trajín o desierto de tártaros

Aquí os dejo otra perla (hoy me he ido de pesca) y además aprovecho para recomendaros este libro, hermoso y triste como la vida.

"Precisamente en esa época Drogo se dio cuenta de que los hombres, por mucho que se quisieran, siempre permanecían alejados; si uno sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una mínima parte; si uno sufre, no por eso los otros sienten daño, aunque el amor sea grande, y eso provoca la soledad en la vida"

© Dino Buzzati, El desierto de los tártaros

En mi pecho

Con (o más bien sin) el permiso de Manolo, aquí os dejo esta perla, que para mí es casi un himno. Para mis cómplices. Cuánta verdad.

En mi pecho, corazón,
late libre, sin temor.
Déjame ser verso de amor,
la devoción de un amigo.
Mucho tiempo sombra fui,
en mi mismo me perdí.
De ti aprendí a ser la mano que da
sin recibir,
generosa y leal.

¿Qué es la vida? absurdo trajín.
Dame alma, calor.
Ser tan limpios como la nieve que cae.
Todo tiene quien todo da.

Nada espero, nada sé,
nada tengo, sólo fe.
Y donde estemos, saber estar;
aunque sea ingenuo, no codiciar.
Nunca ceder ante la adversidad.
Quiero tener la alegría
del que está en paz.
Mis cadenas he de romper;
fuera penas, amargas como la hiel.

© El Último de la fila

08 noviembre, 2006

de Úrsulas y fantasmas

Todo empezó con un texto de Baroja…
«Mi tía Úrsula, hermana mayor de mi madre, solterona romántica, comenzó a enseñarme a leer. Doña Celestina era como el espíritu de la tradición en la familia Aguirre; la tía Úrsula representaba la fantasía y el romanticismo.»

—¿Qué significa Úrsula? —me pregunta inocentemente mi alumna chinita (a quien en breve tendré que empezar a pagar derechos de autor).
—Es el nombre de la tía, es un nombre propio.
—¿Úrsula? Qué nombre más feo, nunca he oído ese nombre.
—Es un poco antiguo, sí.
—¿Y qué es espíritu? —me sigue preguntando, sin mala intención.

Y yo me pregunto: 1. ¿Quién ha sido el listo que ha puesto un texto de Baroja en un libro de quinto de primaria? y 2. ¿Por qué en lugar de explicarle que, en este contexto, espíritu es tendencia, inclinación etc. preferí meterme en el siguiente berenjenal?

—Pueesss… espíritu es la parte de las personas que no es corporal —me aventuro.
—¿Corporal? —duda ella.
—Sí, la parte que no se puede ni tocar ni ver. Como el pensamiento —sigo yo, convencidísima.
—Pero tocar también es sentir, ¿no? Porque si yo toco esta hoja —dice, cogiendo la esquina de un folio—, también la siento.
—Sí, tocar también es sentir.
—Entonces el pensamiento se puede tocar, porque cuando piensas algo también lo sientes. Y lo estás viendo, porque tienes la imagen en la cabeza.

Entonces me puse a pensar qué diablos es el espíritu y si realmente existe cosa semejante, y si se puede separar el cuerpo de la mente. Y resulta que hasta una niña de 10 años sabe mejor que yo que, al menos, no puede hacerse fácilmente.

«¿Y qué le digo yo ahora?»… he aquí la perla que solté:

—Bueno, digamos que es la parte de las personas que no es sólida.
—¿Sólida?, ¿qué es sólida?
—Duro, lo que no es duro como los brazos.
—Pero las células son blanditas.

&%”&/$•&”$•/!#@#@~

Aquí ya supe que no tenía nada que hacer, porque su convicción de que las células son unas cosas blanditas es absoluta. Por ahí no tenía salida. Así que, como casi siempre, me escapé como pude:

—Bueno, a lo que vamos, ¿espíritu lleva o no lleva tilde?

Menos mal que no se le ocurrió comprobar que esa definición un poco fantasmilla que le di (y que por cierto coincide más o menos con la que da el María Moliner), para el texto de Baroja quedaba cuanto menos extraña.

Ahora, para prepararme las clases de primaria, me estoy leyendo las obras completas de Hegel, ¿qué menos, no?