22 marzo, 2007

¿El tiempo borra los corazones?




Hoy Yingming no ha dejado de preguntarme cosas. Mañana tiene examen de Lengua, y eso hace que esté más inquieta aún que otros días. Quiere saberlo todo en un solo momento. Su ristra de preguntas siempre empieza del mismo modo:
—¿Puedo preguntar? —me dice mientras abre o cierra uno de sus libros y se arrellana en la silla.
—Claro —le contesto yo con una sonrisa, mientras me preparo para lo peor (¿qué será hoy?, ¿las palabras derivadas o la felicidad de los seres vivos?).

Esta tarde ha querido saber varias cosas: por qué algunos niños llevan un ojo tapado con un parche, qué diferencia hay entre “because” y “so”, cuál es el idioma que más se habla en el mundo, ¿y el segundo?, ¿y luego?, qué son las energías renovables, cuántos países hay en Europa, cuál es mi nombre de chico preferido (el suyo: Christopher y Adrián), ¿y de chica? (ella no piensa en las chicas), qué quería ser yo de pequeña (ella no piensa en el futuro), cómo se convierten los minutos en horas y si es verdad que el tiempo borra los corazones.
Esto último me lo ha preguntado mientras hacía un gesto con su mano derecha sobre su pecho, a la altura del corazón, como si estuviese borrando algo con una goma.

—¿Que si el tiempo borra los corazones? —he repetido sorprendida.
—Sí, eso ha dicho mi maestra hoy.
—¿Cuándo ha dicho eso tu maestra?
—Pues cuando se estaban peleando un niño y una niña de mi clase, porque los dos decían que el “tippex” era suyo —me explica, muy divertida—. ¿Por qué ha dicho eso la maestra?
—¿Y por qué crees tú que lo ha dicho?
—Pues no sé… a lo mejor porque esos dos se gustan y por eso se peleaban por el tippex. Y cuando pase el tiempo dejarán de gustarse. Por eso se borran los corazones. —concluye, satisfecha de sus deducciones—. Pero —hoy es día de preguntas—, ¿de verdad se borran los corazones con el tiempo?
—¿Tú qué opinas?, ¿que se borran o que no? -quise saber yo.
—Pues yo creo que no. ¿Tú qué crees? —indagó ella.

¿Yo qué creo? ¡Ay!, qué buena pregunta… eso querría yo saber, si se borran o no se borran. Dicen que el tiempo todo lo cura, y eso sería como borrar los corazones. ¿Acaso se nos borra el primer beso, de noche, en aquel incómodo banco de madera en medio de un parque, con una farola apuntando directamente a los ojos; o la primera entrevista, cuando no sabíamos muy bien qué ponernos, si pantalón de vestir, o falda, o traje; o la despedida de un amigo, que nos retiene en sus brazos y se despide con un hasta luego, porque a los amigos siempre los vemos luego, siempre; o la muerte de un ser querido, de quien quizá no hemos podido despedirnos y de quien recordamos el pelo rubio, o gris, y la mirada enferma y asustada, o azul y viva; o ese chico que no nos conviene pero no se nos va de la cabeza, o del corazón, o de los ojos? Quizá el tiempo consiga que se difuminen los bancos al anochecer, los nervios trajeados, el último adiós, o la boca que deseamos, pero, ¿consigue borrarlos?

—No, yo tampoco creo que el tiempo borre los corazones.

08 marzo, 2007

Río son




El tiempo pasa, de eso nadie tiene duda. Este año parece que mis amigos y yo lo hemos visto más claro que nunca. Todos quieren reunirse.

En lo que llevamos de 2007, me he reencontrado con una excompañera de piso, a quien no veía desde hacía siete años, cuando me fui a México, que sigue igual de buenagente y de guapa (Ángela, te debo una visita a Florencia); con un excompañero de trabajo, de cuando traducía y redactaba en Ventura, que también sigue igual de buenagente y de guapo; con mis compañeros de artículos y martinis de la revista de la facultad (ya sé que se dice escuela, pero eso sí prefiero olvidarlo), que siguen igual de ocurrentes y de festeros (bueno, venga, y de guapos); y para junio tengo programado un «pack» cena-copas-fiesta con mi grupo de los tiempos de EGB, muchas de las cuales siguen siendo mis amigas (aunque las veo siempre por separado); y seguro que todas siguen siendo igual de buenagente, de festeras, y de guapas.

¿Qué le pasa al 2007? De repente nos ha entrado un frenesí de recuerdos, un afán de reencuentros, un ansia de volver a vernos juntos… como si se nos escapara el tiempo. Y se nos escapa, sí; pero eso no es nuevo: se nos escapa desde que nacemos. ¿Será la treintena (y alrededores), que nos apremia para que aprovechemos la vida? Hay una época en la que piensas que puedes hacerlo todo, que tienes tiempo para hacer lo que quieras, que las cosas (entre ellas, tú) son eternas. Luego alcanzas la cuarta década y te das cuenta de que nada perdura, de que todo cambia, de que, como sentenció Heráclito, nadie baja dos veces al mismo río. Quizá es entonces cuando nos entran ganas de reunirnos, un poco para recordar aquella inocencia -ay, sí, perdida-, un poco para comprobar que seguimos siendo igual de guapos, un poco para cerciorarnos de que el tiempo pasa, pero pasa para todos.

Perdonadme por esta reflexión, ya sabéis que normalmente prefiero los cuentos. Se ve que tengo un día melancólico, de esos pre-primaverales :-)

Mientras espero seguir bajando al río, aunque no seamos los mismos ni el río ni yo, y continuar recreándome en el placer de reencontrar, os dejo una preciosa canción-poema de El último de la fila:

LAPIZ Y TINTA

Tela, cinta,
otra vez a empezar.
Lápiz, tinta,
y al paisaje a robar.
Y el placer de reencontrar
el limbo de un tiempo que se nos va.
Libro, nube,
ese es mi descanso.
Árbol, fuente,
cada vez que despierto.
Ser durmiente.
En la espuma de un antojo camuflarse.
Para completa inocencia,
en las calderas del sueño divagar.
Que los días se van,
río son.
Ahora quiero sentir,
caminar.
Ahora quiero pintar,
percibir
el color de esa flor
que se marchitará.
Pinto, verdes
parajes de belleza desolada.
Vivo lo efímero y su valor.
Bebo, apuro
desperdicios de mi vida,
me recojo en la templanza
de la tregua que me da
la anestesia del recuerdo.
Que los días se van,
río son;
ahora quiero sentir,
caminar;
ahora quiero pintar,
percibir
el verano fugaz
que ya se nos va.
Lápiz, tinta,
y el placer de reencontrar.

© El último de la fila

14 febrero, 2007

Carlitos no es pijo



Recuerdo que en mi época tenían fama de pijos, había incluso una frase hecha: "Te lo juro por Snoopy", para reírnos de ellos. Es una pena que por ese prejuicio (que son de pijos) me los haya perdido hasta ahora. Pero nunca es tarde :-)

Son tiernos-tiernos y divertidos. Son niños, y ven el mundo como niños, pero sus preocupaciones y filosofías, creo, se acercan mucho al mundo de los adultos. Como los razonamientos analíticos del incomprendido Linus, o los malestares existenciales de Caritos: "La vida pasa ante mis ojos sin sentido, ¿qué puedo hacer?", y los consejos prácticos que le da Lucy en su consulta de Ayuda Psiquiátrica: "Este es el único mundo que conoces, ¿no?; has nacido para vivir en este mundo, ¿verdad? ¡BUENO, PUES VIVE!"; o cómo la generosidad de Snoopy lo lleva a quedarse sin casa cada vez que sus colegas los pajaritos quieren jugar al póquer... Son fantásticos. Una gran medicina para los días tontos.

09 febrero, 2007

Piratas



Teniendo en cuenta mi afición a ver buenas (y gratuitas) películas por la noche, cómodamente sentada en mi cama, a la íntima (o porno, según la ocasión) luz de mi lámpara roja, con un par de velas encendidas y el esenciero propagando un sutil aroma de romero, no puedo negar que un poco pirata sí que soy, sí. Y es curioso, porque remordimientos no siento ninguno. Tal vez eso me haga más pirata todavía :-)

El caso es que, desde el 22 de enero, existe oficialmente el Partido Pirata Español. Por su nombre se puede uno figurar por dónde va su programa. Parece que otros países ya tenían sus correspondientes Partidos Piratas, y este año ha llegado a España.

Visto lo visto, creo que es muy probable que ofrezcan cosas más interesantes que los "grandes" partidos españoles (aunque el divorcio exprés es difícil de superar, lo reconozco).

Mientras tanto, yo seguiré preparándome sesiones "a la Mil y una Noches", como dice mi amigo Chema, y consumiendo cultura "liberada".

16 enero, 2007

Otras cinco horas con Mario



Cuenta mi amiga chinita que dentro de veinte años no habrá coches por la calle porque todos circularán bajo tierra, como el metro (al paso que va Gallardón, todo es posible). Y que en la superficie solo habrá parques y árboles y personas.

Luego confiesa que le cuesta mucho imaginarse a sí misma dentro de veinte años.
—Es que… treinta… uffff —dice hinchando los mofletes y soltando el aire por la boca como si estuviese inflando un globo—, ¡qué vieja!
—¿Yo te parezco vieja? —le replico, pero sin una sola pizca de indignación, no os vayáis a pensar.
—No —contesta ella—. Pero es que así de golpe pensar que hoy tengo diez y mañana treinta…
—Así de golpe se haría muy duro, ¿verdad?
—Sí, es mejor poco a poco, cada día un poco más viejo hasta que llegas. Pero no eres viejo hasta los ochenta.
—¿A los ochenta ya se es viejo siempre? —indago con cierta intriga, aunque aliviada (todavía tengo una tregua de cincuenta :-).
—Sí, a los ochenta sí, porque tienes la cara llena de arrugas —contesta con total seguridad.
—¿Y si tienes arrugas pero te gusta hacer gimnasia y pasear por la playa e ir a fiestas? Yo conozco a personas de ochenta años que hacen todas esas cosas (es cierto: una amiga de mi madre).
—A los ochenta, ¿cómo vas a ir a fiestas? Con ropa de joven y todo… —replica con el ceño fruncido y sacudiendo la mano.
—No tienes que ponerte ropa de joven —la tranquilizo.
—Pero las viejas no pueden ponerse nada de color verde.
—¿Y por qué no pueden ponerse nada verde las viejas? —le pregunto con mucha curiosidad.
—Así verde clarito como tu jersey, no.
—¿Y eso por qué?
—Porque tienen que ir siempre de oscuro, de negro y esos colores.
—¿Quién te ha contado eso? —Pensé que una idea como esa no podía salir de ella.
—Mi profesora. Dice que cuando se muere alguien, tu marido o alguien de tu familia, hay que ponerse de oscuro y de negro.
—¿Eso os cuenta vuestra profesora?
—Sí. Dice que cuando se murió su marido ella se puso de negro.
—Pero eso no es obligatorio, ¿sabes? Hay personas que se ponen ropa oscura porque lo marca la costumbre del luto y les gusta seguirla, pero no es obligatorio.
—¿Y entonces cómo te vistes si no?
—Pues normal, como te sueles vestir siempre. No tienes obligación de ponerte de negro, ni de oscuro, ni de nada. Si te gusta el verde clarito y te lo quieres poner pues te lo pones, da igual que tengas ochenta años o que haya muerto alguien, es tu decisión —le contesto, y cambio de tema para no indignarme más.

Luego he pensado que dentro de veinte años, en el 2027, quizá los coches vayan por debajo de la tierra, como dice mi amiga, y en la superficie solo haya parques por donde pasean señoras viejas de luto, todas vestidas de negro, todas recordando las palabras de sus profesoras: «Hay que vestirse de oscuro, hay que guardar el luto», mientras lloran desconsoladas entre los árboles y se besan unas a otras, mua mua, en el aire, sin rozarse siquiera las mejillas, para no sentir el contacto del rostro ajeno. En el 2027.

23 diciembre, 2006

Que no os pique una medusa




Las esperadas (o no) fechas navideñas ya están aquí. A mí este año se me han aparecido casi espontáneamente. En Villaverde no gastan muchas decoraciones (luces parpadeantes y esas cosas), por no decir ninguna, y he subido poco al centro, así que no me he embebido del “espíritu” (eso que no está duro) de las fechas.
A pesar de mi desapego momentáneo, me voy unos días a casa de mi madre. Tengo ganas de calor hogareño y de mar, de mucho mar.

A mi alumna china (la echabais de menos, confesadlo…) no le gusta el mar.
—Hay medusas y te pican —me dice con cara de ñissss.
—Pero si a ti nunca te ha picado ninguna medusa —replico yo, que sé que en sus 10 años de existencia aún no se ha encontrado cara a cara con uno de estos bellos especímenes marinos.
—Ya, pero si te metes en el mar te puede picar una.
—Bueno, pero eso es como no salir a la calle por si te atropella un coche —yo sigo en mis trece, por defender a mi mar, más que nada.
—Pero en la calle hay semáforos para avisarte, en el mar no hay semáforos para decirte que viene una medusa.

...

Una vez más su lógica aplastante me deja k.o., así que recojo mis bártulos (la clase ha terminado y esta vez no tengo que hacer tiempo con las esdrújulas ni con las fracciones). Felicito las fiestas a madre e hija con una gran sonrisa navideña; la madre sonríe y asiente con la cabeza, supongo que es su forma de decir “igualmente” (no habla español). Me acompañan ambas a la puerta y cuando salgo al pasillo oigo a mi alumna:
—¡Que no te pique ninguna medusa!
—Gracias —le contesto, sinceramente agradecida.
No se me ocurre un mejor modo de felicitar el año. Que no me pique una medusa. Eso exactamente le pido al 2007. Encontrar un trabajo mejor, casa, amores, paz y todas esas cosas no son más que proyecciones de futuro —algo ansiógenas, por cierto—, que a mí más que ilusionarme me agobian.

Voy a guardar en mi maleta unas pocas prendas de abrigo (este año la navidad es blanca hasta en el Mediterráneo...) y algún que otro potingue cremoso, también un par de regalitos envueltos en papel brillante (viva la previsión), voy a coger el tren, ese que nos lleva a casa a los “exiliados” y voy a intentar pasar un cálido final de año.

Felices fiestas a todos, y que no os pique una medusa.

25 noviembre, 2006

Absurdo trajín o desierto de tártaros

Aquí os dejo otra perla (hoy me he ido de pesca) y además aprovecho para recomendaros este libro, hermoso y triste como la vida.

"Precisamente en esa época Drogo se dio cuenta de que los hombres, por mucho que se quisieran, siempre permanecían alejados; si uno sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una mínima parte; si uno sufre, no por eso los otros sienten daño, aunque el amor sea grande, y eso provoca la soledad en la vida"

© Dino Buzzati, El desierto de los tártaros