28 junio, 2007

Marcianos



El pasado 26 hizo tres meses que empecé en mi actual trabajo mañanero. Para celebrarlo, y porque me lo pidió mi compañera, la Menchu, compré unas palmeritas de chocolate para el café de las once. Con la excusa, nos reunimos todos en la cocina, menos el nuevo (que no sabemos si no nos entiende porque es guiri, no nos oye porque no se quita nunca los cascos, o simplemente pasa de nosotros) y el súperjefe, que atendía otras obligaciones.

«¿A qué se deben las palmeritas?», preguntaban los chicos conforme iban entrando. «La Franchu (la Franchu soy yo, por aquello de que traduzco al francés), que está de tres meses», contestaban las chicas, maliciosas ellas. Uno de los chicos, llamémoslo Paco Martínez (no se me ocurre nadie más rancio así a bote pronto), aprovechando la circunstancia, se decidió a informarse. Y digo que aprovechó la circunstancia porque quedó clarísimo que llevaba tiempo rumiando su curiosidad, y se ve que esta ocasión le pareció suficientemente calva. Así que, muy ufano él, me comenta:

— Tu chico estará muy contento, ¿no? Tres meses ya.
— ¿Mi chico?, ¿tres meses? Pero has pillado que no son tres meses de embarazo, ¿no? Sino que llevo tres meses aquí.
— Si, bueno, eso. Que estará contento tu churri, digo.
— ¿Questarácontentomiquéee?
— Tu churri, tu chico, tu maromo…
— Pues no tengo, pero de tenerlo supongo que se alegraría por mí, sí.
— ¿No tienes novio?

En este momento repasé mentalmente a todos los chicos de la oficina, y concluí que me daba igual que supieran o no que estoy soltera —unos por feos, otros por casados, otros porque leen a Ken Follet y la mayoría por todo a la vez, están descartados de mi lista—. Aún así, fui sincera con Paco Martínez.

— No, no tengo novio.
— Ah —repuso él, muy pillín— como a veces hablas de «tu compañero de piso»…
— Claro, es que compañero de piso sí tengo, pero novio no.

Cara de póquer. En el fondo, esta gente que ha visto tan poco mundo me da un no sé qué tirando a penilla, yo creo que sacan mi yo más vanidoso o algo. No sé, será que vengo de un ambiente (el de estudiantes en ciudad ajena) bastante más abierto y estos otros me parecen recién salidos de los años 40. El caso es que se lo expliqué como si fuese un niño, en plan «yo sí, pero ella no».

— A ver: vivo con un chico, que por lo tanto es mi compañero de piso, y además es mi amigo, pero no somos pareja.
— Aaaah. O sea que vivís los dos —me dice dudando, como para ver si lo ha entendido bien.
— No —le contesto, para liarlo un poco más—, vivimos los tres: también está su hija.
— Peroooo… entonces… ¿La lavadora, por ejemplo, la ponéis juntos?

¿Será esta su forma de preguntarme si follamos? No lo tengo muy claro, pero como metáfora no está mal. Igual la uso en algún cuento: «Hacía ya varios meses que lavábamos la colada por separado… ».

—No —le contesto—, cada uno pone sus propias lavadoras. Pero con la comida, sin embargo, hay promiscuidad absoluta. Todos nos comemos lo de todos.

En fin, la conversación quedó aquí, no era plan de acabar diciendo alguna barbaridad. Aunque alguna vez dejaré de contenerme y le soltaré una buena a esta gente tan «del establishment». Yo me pregunto: ¿será cosa de los madrileños?, ¿por aquello de que, como aquí están todas las carreras, no se van de casa hasta que se casan —valga la cacofonía—? Aunque tengo amigos madrileños que no tienen esa mentalidad; ¿será cosa de los ingenieros, a quienes se les presupone una mentalidad tendente a la cuadriculación? Pero muchos amigos míos (y yo misma) aun teniendo título ingenieril tampoco pensamos así. No sé, no sé qué será.

Lo que me gustaría que supieran es que ellos, con su camino trazado de antemano (carrerita, curro en oficina de 9 a 9, hasta los 30 en casa con papá y mamá, noviazgo, bodorrio, esperamos dos años, un crío, esperamos dos años, otro crío) son tan marcianos para mí como yo para ellos.

07 junio, 2007

Cóctel primaveral




No sé a vosotros, pero a mí esta primavera me está volviendo loca.

Todos los años, desde hace dos o tres, cuando empieza marzo me tomo algún complemento. Este año me compré tres cajas, tres, de jalea real en varias versiones: con plus de fósforo, para la memoria (que esto de traducir quema muchas neuronas); con plus de propóleo, para las defensas (por los cambios climáticos, digo de tiempo); con plus de aloe vera, para la belleza (pues eso, para estar guapa). Y me fue muy bien, la verdad. Todos los días, en ayunas, mi ampollita, y allá iba yo con mi mochila de sonrisas a la espalda. Luego se me acabó la jalea, y el jaleo también. De repente, necesitaba dos cafés mañaneros para poder llegar medianamente persona al mediodía. Y mis niños eran de pronto más tontos que nunca, angelitos ellos, qué culpa tendrán de mi debilidad primaveral.

Después de dos semanas de languidez, decidí volver a darme a las jaleas. El lunes pasado compré eleuterococo, también llamado gingsen siberiano, que es parecido al coreano pero para chicas. Porque el coreano, por si no lo sabéis, es para chicos. Sí. Hasta la raíz tiene forma de… pues eso, de chico :-) El que yo tomo, el siberiano, es para chicas. Da fuerzas y aumenta las defensas. Puede (eso no está comprobado) que aumente la energía sexual. Espero que esto último no se cumpla. Con la primavera, sus rayos de sol que acarician, sus flores en plena expansión, su calorcito que invita a ir desnudándose (un poquito), sus chicos de mirada húmeda… ya hay suficiente erotismo en el ambiente, no necesito extras.

Además de todo esto, desde hace unos días estoy resfriada. O me ha dado la alergia por primera vez chispas. O estoy resfriada y además tengo alergia. Quién sabe. Así que me tomo tres sobrecitos de frenadol al día. Y esto, claro, me deja un poco lánguida. Pero no importa, porque no olvidemos que tengo eleuterococo, que me da fuerzas, para compensar. Será cuestión de encontrar las dosis adecuadas: dos de gingsen y una de analgésicos, o tres energizantes y dos paracetamoles... pongo aquí, quito allá, y a lo mejor consigo la mezcla perfecta. Y entre tanto, sigo estornudando y rodeada de chicos guapos con mirada hambrienta. Decidme si no es para volverse loca.

17 mayo, 2007

Espiral china



No hace mucho leí un cuento de cuyo nombre y autor/a no logro acordarme (si alguien sabe a cuál me refiero, por favor, que me lo «sople»; me proporcionaría bastante tranquilidad); leí un cuento, digo, en el que el niño —algo travieso— de una familia A se divierte rayando la puerta de los vecinos (familia B). El padre A, muy preocupado, habla con los padres B y les pide disculpas por el comportamiento de su hijo. Los B, muy comprensivos ellos, no sólo lo tranquilizan asegurando que «son cosas de críos», sino que al día siguiente obsequian al niño A con un detalle, para que no se sienta culpable por su pequeña travesura, tan propia de su edad, por otra parte. Los A deciden, en agradecimiento, y aunque no disfrutan nada con las visitas sociales, ofrecer una cena en casa para los B. Los B, a su vez, se ven en la obligación de hacer un regalo a los A, en compensación al banquete. De esta forma, los A y los B entran en una especie de espiral de agradecimientos recíprocos y terminan regalándose cosas como un tren (entero), un caballo (de verdad, de los que relinchan).

Últimamente, creo que estoy metiéndome en algo parecido. Y empieza a asustarme un poco… Todo empezó en Navidad, cuando los padres de Yingming me regalaron una caja de 48 ferreros y una bolsa de caramelos de cereza ácida. Yo, para corresponder, le regalé a Yingming por Reyes unas pegatinas con forma de mariposa y unos lápices decorados con frutas y flores. Esas cosas que le gustan a ella. Entonces, la madre de Yingming, quien siempre que voy a dar la clase está cocinando algo maravilloso, empezó a regalarme periódicamente panes chinos preparados por ella misma. Son esos panecillos tan acogedores: redondos, blancos y algo dulces, que se toman calentitos con algo salado o picante, para intensificar su sabor. Cuando volví de casa de mi madre por semana santa, les traje pestiños caseros (hechos por mi madre, que es una especialista), en agradecimiento. Un par de semanas después, ella me obsequió con una pizza china, con setas y otras verduras no identificadas. Poco más tarde, fue el cumpleaños de Yingming y le regalé un libro firmado por su autor, el tío Chema. Unos días después, ella me dio un corazón de papel, y yo le correspondí con una sonrisa y un barco, también de papel. Hoy me ha regalado un portaminas Pilot de color azul, que era suyo (y ella adora los portaminas Pilot de colores), y su madre unos panes chinos, con unas cigalas y unas patas de centollo o de cangrejo o de langosta (no distingo muy bien esa clase de bichos), para acompañar… Ahora estoy pensando en hacerles una tarta de Santiago, que es la que mejor me sale, y regalarle a Yingming una funda rosa para las gafas, porque tiene una de color naranja y no le gusta nada el naranja. Es el peor color del mundo. No sé adónde llegaremos. Me ha absorbido esta espiral de amabilidad china, y no sé. Espero que no me pase como en el cuento. Porque a mí para caballos no me da.

PD. ¡¡Lo encontré!! Es En defensa propia, de Fernando Sorrentino. Qué bien voy a dormir esta noche...

03 mayo, 2007

Burbujas


Encontrarme con una amiga después de varios años y contarnos la vida; leer a Pessoa y su desasosiego y sentir que ese libro soy yo, que yo soy ese libro y sus saudades; quedarme sin habla después de un abrazo esperado y cálido, silencioso y tierno, emocionado; Yingming diciéndome que le gustaría que yo fuese su maestra del cole; imaginar la estela blanca de cinco mil gansos -escapados de un cuento de Ford- sobrevolando un lago, figurarme que también yo tengo alas, que puedo ser uno de ellos y volar; que un amigo escritor -o un escritor amigo- me envíe los cuentos que guarda en el cajón de las dudas; que mi compañero de piso me dé los buenos días con una canción que ha inventado para mí; olvidar el sexto mandamiento por siempre jamás; mirar al cielo y que llueva; mirar al cielo y que luzca el sol; escuchar a los pájaros cortejarse; desear ser un pájaro y cortejar como ellos, cantando entre ramas verdes al atardecer; abrazar un árbol y sentir que formo parte del mundo; echarme sobre un campo de amapolas y dejar que el viento se mezcle con mi pelo.

19 abril, 2007

De papel


Hoy Yingming me ha regalado un corazón de papel. No he querido llorar, para que no creyese que estaba triste; y para no ahogar los sufijos y los posesivos, que también son de papel. Sobre todo los posesivos.
Yo le he regalado una sonrisa y un barco. De papel.



Origami realizado por Maarten van Gelder

09 abril, 2007

De jonjuros y cerezas



Claudia me mira con sus enormes ojos de color caramelo y me contesta que sí, que se lo ha pasado muy bien en la fiesta. La fiesta es el parque de atracciones, de donde acaba de llegar con su madre. Luego corre hacia el sofá y coge con decisión su varita mágica, hecha con un palo de madera, cintas brillantes de reflejos dorados y una estrella de plata en la punta. Luego, agarra firmemente con la mano libre una pelota que espera en el suelo, y que tiene la virtud de plegarse sobre sí misma hasta convertirse en una especie de flor enorme de goma que, a los pocos segundos, vuelve a tomar forma de pelota pegando un salto. Entonces, Claudia se sienta en el suelo, vuelve a mirarme y grita:
-¡Gupe, ven a hacer un jonjuro!

Y yo, que siento debilidad por las cosas mágicas, no tardo ni un segundo en estar sentada enfrente de esa brujita con cara de mazapán. Claudia se derrite de risa cada vez que realiza su jonjoro: empuja la pelota contra el suelo con la mano, hasta que consigue la forma de flor, luego levanta su varita mágica, dibuja con ella círculos en el aire y finalmente toca la superficie de la pelota con la punta de la estrella, mientras grita "Jonjuro". A los pocos instantes, la sintética flor de goma da un salto y vuelve a convertirse en pelota, y Claudia rueda hacia atrás, hecha un ovillo, y se tapa la boca para que no acabe de escapársele la carcajada. Como yo también me río y me llevo las manos a la cabeza, asombrada con su magia, Claudia repite el jonjuro catorce veces más, con idéntico resultado de flores saltarinas, pelotas disfrazadas y risas enloquecidas.

Cuando se cansa de su juego de magia, se queda mirando sus zapatillas violeta con dos grandes mariposas verdes y mis calcetines blancos con mariposas amarillas. Las toca con un incierto dedito índice. Le digo que lleva unas zapatillas muy bonitas y ella me contesta que se las ha comprado mami y que le gustan mucho las maricosas.
Después, pellizca un trocito de su pijama y me alarga una de las cerezas que lleva pintadas. Me como inmediatamente la cereza, saboreándola bien. Mmmmmmmh... Como me gusta mucho, cojo un puñadito más de su pijama.
-No te comas todas mis cerezas -alcanza a advertirme Claudia, mientras su madre la lleva a la cama, cariño, que es tarde.

Echo de menos una varia mágica para que las pelotas de goma puedan convertirse en flores, y viceversa, en cuestión de segundos y con un simple salto, y para coger una cereza de tela y comérmela, y que me encante, y poder comerme todas las cerezas del pijama siempre que quiera. Echo de menos los jonjuros.

Dibujo: "Cerezas sonrientes", de Donald Peterson.

22 marzo, 2007

¿El tiempo borra los corazones?




Hoy Yingming no ha dejado de preguntarme cosas. Mañana tiene examen de Lengua, y eso hace que esté más inquieta aún que otros días. Quiere saberlo todo en un solo momento. Su ristra de preguntas siempre empieza del mismo modo:
—¿Puedo preguntar? —me dice mientras abre o cierra uno de sus libros y se arrellana en la silla.
—Claro —le contesto yo con una sonrisa, mientras me preparo para lo peor (¿qué será hoy?, ¿las palabras derivadas o la felicidad de los seres vivos?).

Esta tarde ha querido saber varias cosas: por qué algunos niños llevan un ojo tapado con un parche, qué diferencia hay entre “because” y “so”, cuál es el idioma que más se habla en el mundo, ¿y el segundo?, ¿y luego?, qué son las energías renovables, cuántos países hay en Europa, cuál es mi nombre de chico preferido (el suyo: Christopher y Adrián), ¿y de chica? (ella no piensa en las chicas), qué quería ser yo de pequeña (ella no piensa en el futuro), cómo se convierten los minutos en horas y si es verdad que el tiempo borra los corazones.
Esto último me lo ha preguntado mientras hacía un gesto con su mano derecha sobre su pecho, a la altura del corazón, como si estuviese borrando algo con una goma.

—¿Que si el tiempo borra los corazones? —he repetido sorprendida.
—Sí, eso ha dicho mi maestra hoy.
—¿Cuándo ha dicho eso tu maestra?
—Pues cuando se estaban peleando un niño y una niña de mi clase, porque los dos decían que el “tippex” era suyo —me explica, muy divertida—. ¿Por qué ha dicho eso la maestra?
—¿Y por qué crees tú que lo ha dicho?
—Pues no sé… a lo mejor porque esos dos se gustan y por eso se peleaban por el tippex. Y cuando pase el tiempo dejarán de gustarse. Por eso se borran los corazones. —concluye, satisfecha de sus deducciones—. Pero —hoy es día de preguntas—, ¿de verdad se borran los corazones con el tiempo?
—¿Tú qué opinas?, ¿que se borran o que no? -quise saber yo.
—Pues yo creo que no. ¿Tú qué crees? —indagó ella.

¿Yo qué creo? ¡Ay!, qué buena pregunta… eso querría yo saber, si se borran o no se borran. Dicen que el tiempo todo lo cura, y eso sería como borrar los corazones. ¿Acaso se nos borra el primer beso, de noche, en aquel incómodo banco de madera en medio de un parque, con una farola apuntando directamente a los ojos; o la primera entrevista, cuando no sabíamos muy bien qué ponernos, si pantalón de vestir, o falda, o traje; o la despedida de un amigo, que nos retiene en sus brazos y se despide con un hasta luego, porque a los amigos siempre los vemos luego, siempre; o la muerte de un ser querido, de quien quizá no hemos podido despedirnos y de quien recordamos el pelo rubio, o gris, y la mirada enferma y asustada, o azul y viva; o ese chico que no nos conviene pero no se nos va de la cabeza, o del corazón, o de los ojos? Quizá el tiempo consiga que se difuminen los bancos al anochecer, los nervios trajeados, el último adiós, o la boca que deseamos, pero, ¿consigue borrarlos?

—No, yo tampoco creo que el tiempo borre los corazones.