10 marzo, 2008

Los viajes de Gupe






En los andenes, el viajero descansa de la travesía que lo ha dejado sin fuerzas, exhausto, incluso puede que herido; aprovecha para atarse los cordones de las botas, comerse un bocadillo, espantar moscas. Ve pasar otros trenes, algunos ultramodernos que desaparecen a la velocidad del sonido, despeinándolo; otros, estrechos y viejos, se alejan lentamente con un bufido.

A veces se sube en uno de ellos, uno que no tiene asientos acolchados, ni bandeja individual, ni siquiera televisor ni azafatas que sirven medialunas diminutas envueltas en plástico transparente. Tampoco llega a su lejano destino en menos de dos horas. Se sube aunque sea un tren antiguo y lento porque le gusta contemplar el paisaje desolado de Castilla, leer un cuento de Matute o echar una cabezada.

Otras veces, se queda en el andén descansando. Las estaciones tienen su encanto, no todo va a ser ir de un lado a otro en esta vida, piensa el viajero, habrá que saborear las paradas.

Hasta que pasa un tren que le gusta, y entonces se sube.

Yo ya he disfrutado bastante de este andén. He descansado, he atado los cordones de mis botas y he espantado unas cuantas moscas. Tal vez dentro de un tiempo regrese a esta misma estación, o tal vez me siente en el banco de otro andén a contar otras historias, cuando decida qué historias quiero contar desde allí.

En cualquier caso, muchas gracias por leerme durante este tiempo. Nos vemos en la próxima estación… y feliz viaje.