21 diciembre, 2007

Gracias, 2007



Termina 2007, y no se me ocurre mejor manera de despedirlo que dando las gracias.


Gracias a Paula y a Chema, por enseñarme que se puede tener una familia aunque no se compartan genes.

Gracias a Paula, por enseñarme lo que es tener una hermana pequeña a la que querer y cuidar a partes iguales.

Gracias a Chema, por enseñarme que hay muchas formas de hacer las cosas bien; por dejarme llorar en su hombro casi a diario; por reírse conmigo.

Gracias a Eloy, por enseñarme que la amistad puede sobrevivir a vínculos más pasajeros; por estar ahí a pesar del daño; por abrazar a los árboles.

Gracias a Marcela, por enseñarme a ver cómo soy de verdad.

Gracias a Raúl, por recordarme mi lado femenino.

Gracias a Marcelo, por recordarme lo que significa ser familia; por enseñarme cuánto se puede luchar.

Gracias a mi madre, por ser tierna todo el año, todos los años.

Gracias a Su, por confirmarme que nuestra amistad está por encima de otras circunstancias.

Gracias a Gonzalo, por cuidarme y mimarme; por los miguelitos y por no perder los mortadelos conmigo.

Gracias a Rafa, por compartir conmigo su amor a la literatura, por leer, por leerme, por escribir, por escribirme.

Gracias a Yingming, por confiarme sus inquietudes filosóficas.

Gracias a Vera, a Fani, a Mariadel, a Eva, por estar ahí a pesar de tener una familia a la que cuidar; por dejarme mimar a sus bebés.

Gracias a Diana, por enviarme su luz.

Gracias a Pastora, a Marie, a Susana, a Fidel, a Pableras, a Gonzalo M., y a tantos amigos, por recordarme que la distancia no es un obstáculo.

Gracias a las páginas en blanco, por darme Alas.

Gracias a todos, y feliz año nuevo.

22 noviembre, 2007

Qué escándalo




Hace unos días leí que habían arrestado a un señor en Escocia por mantener relaciones sexuales con una bicicleta en su habitación de hotel. Lo detuvieron por escándalo público y ahora está inscrito en el registro de delincuentes sexuales.

Lo leí en la BBC: http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/misc/newsid_7096000/7096683.stm, por lo que es probable que la noticia sea cierta.

Ante semejante historia, me vienen varias preguntas a la mente. La primera de todas es también la más morbosa: ¿¿¿¿Cóóóóómo???? O tal vez debería ser: ¿¿Por dóóóóónde??

Pero más allá de la curiosidad malsana (o muysana), existen otras incógnitas más serias: ¿escándalo público?, ¿en su habitación de hotel? Será escándalo privado, en todo caso. Digo yo. Y… ¿no puede hacer uno en su habitación de hotel lo que le plazca? (siempre que no ponga en riesgo a los demás huéspedes, y dudo que esa fuera el caso). Porque entonces… ¿qué habría pasado si hubiesen pillado a este señor dándose tregua con la mano?, ¿lo habrían detenido también por escándalo público?, ¿o por pecado de Onán? (con la bici no sé si sigue siendo pecado de Onán o ya pasamos a otra categoría, no lo tengo claro…)

No lo entiendo… ¿por qué no detienen a las camareras por allanamiento de habitación? ¿Es que no está ya uno a salvo de juicios ni encerrado en su habitación?, ¿de verdad pueden detenerte por andar jugueteando en tu cuerpo con objetos?, ¿o con algunos sí y con otros no?, ¿existe una lista de los juguetitos permitidos?, ¿de los no escandalosos? Las chicas lo tenemos más fácil para esconder el arma del delito, siempre que no haga mucho ruido, claro. A menos que nos dé por experimentar con manillares...

¿O es que tiene una que atrincherarse colocando cómodas, sillas y bicicletas contra la puerta de la habitación del hotel para que no entre ninguna mojigata? Y digo yo: ¿Para cuándo un chip en el cerebro que detecte pensamientos impuros? Y así todos juntitos, la humannidad al completo, en la cárcel, por escándalo público.

18 octubre, 2007

Chinchetas


Hoy me han explicado lo que son las creencias limitantes. Son esas frases lapidarias, pronunciadas con tono de verdad absoluta por alguna figura referente (padre, madre, hermanos mayores, profesor…), destinadas a explicar con una increíble simpleza algo tan complejo como un comportamiento, un rasgo de carácter o una actitud que de otro modo resultaría incomprensible. O tal vez sólo más incómodo de comprender.

Se genera una creencia limitante cuando, por ejemplo, unos padres dicen a su hijo: «Pero qué negado eres en matemáticas» cada vez que, a los ocho años, le sale mal una resta con llevada. Es probable que, efectivamente, el niño termine por ser negado en matemáticas. Se compra la explicación minimalista (¡¡porque se la venden sus propios padres!!), la graba en algún lugar de sus emociones y a partir de entonces la frase se comporta como una chincheta que lo clava a la pared por la manga del jersey y no le permite seguir caminando. El niño permanece anclado en la negación matemática.

Teóricamente, nos quedamos con estas creencias porque nos sirven para algo. A una amiga mía su madre le ha dicho varias veces que a su hermano, antes de nacer ella, su padre no le pegaba. Que estaba encantado con él, que lo llevaba a todas partes y que lo quería con locura. Que la cosa cambió cuando mi amiga comenzó a despabilarse. Cuando empezó a portarse bien, supongo, porque mi amiga era muy buena de pequeña. La explicación, seguramente, le sirve a su madre para descargarse de la responsabilidad de no haber sabido proteger a su hijo de las palizas de su padre. Eso sería más incómodo de reconocer, sin duda. Lo que no sé es para qué le ha valido a mi amiga comprarse semejante creencia. No sé qué le ha visto a la frase para quedársela, así tal cual, sin matizarla, ni dejarla reposar, ni darle alguna vueltita para ver qué esconde. Tener grabado en algún recoveco de su mente o de su cuerpo o de su alma que su hermano empezó a sufrir porque ella nació debe de ser una losa difícil de llevar para mi amiga. Sí tiene pinta de ser limitante, sí. Yo, si alguna vez tengo hijos, prometo no regalarles ese tipo de chinchetas.

Pero hoy no todo han sido averiguaciones sombrías: también me han contado algo positivo. Parece ser que, una vez se deshace uno de las chinchetas que lo mantienen clavado a la pared, es fácil que uno eche a volar y deje de ser un negado en matemáticas. Incluso es posible que llegue muy lejos, hasta el infinito. O más allá.

26 septiembre, 2007

Rottenmeier


Se acabaron las clases de filosofía y los regalos infinitos; los panes calientes y dulces y los «Dios mío, ¿y qué le contesto yo ahora?»; las reflexiones sobre calabazas y gomas de borrar, cuerpo y espíritu, felicidad y pulgas; los Ferrero en Navidad y las pegatinas de mariposas; los corazones de papel y los lápices con flores dibujadas.

Me ha dado pena decirle adiós a Yingming, y ni siquiera pude despedirme. Ayer me confirmaron en la academia que los padres han buscado otra profesora. Pues vaya. Algo así me esperaba, porque el padre (la madre no, no habla español) me había pedido ya alguna vez que le pusiera ejercicios adicionales y que le exigiera más a la niña. Que andaban muy preocupados por ella, por las notas, me dijeron en la academia. ¿Preocupados por ella? ¡Pero si es brillante! Tal vez sus notas no lucen mucho: saca bienes y notables (uf) en lugar de los sobresalientes que sus padres esperan, pero ella es genial. ¿Se habrán tomado la molestia de escucharla alguna vez? Lo dudo. O quizá sí, se han sentado a escucharla y no la han comprendido porque, sencillamente, la niña y sus razones están por encima de sus posibilidades.

Siento no verla más, me gustaba hablar con ella. Seguramente no logré que sacase nueves en matemáticas o en «cono». Bueno, seguramente no: no lo logré. Pero yo sí la escuchaba, y le di libertad para preguntarme lo que quisiera (aunque no siempre supiera contestarle…), para razonar a su antojo, para expresarse como deseaba. Creo que eso es más importante que las notas. Sobre todo cuando no se suspende nada.

Así que en el fondo yo me lo he buscado. Por jugar al Club de los poetas muertos. Los padres han encontrado a una rottenmeier que le ponga ejercicios extra a su hija (que va al cole de lunes a sábado, por cierto). Lo único que me alegra es que no seré yo quien contribuya a cuadricularla. Ni a presionarla. Ni a exprimirla.
¿Por qué ese empeño en que las notas sea lo único que cuenta para los niños? ¡¡Si en la vida real no hay notas!! No entiendo nada. En fin.

Hasta pronto, Yingming. Espero que seas más fuerte que todos ellos y sepas conservar tu brillo. Siempre.

27 agosto, 2007

Las pequeñas virtudes



Se han acabado las vacaciones, y este verano he aprendido muchas cosas:


-Que algunas medusas, cuando pican, te dejan una cicatriz en forma de grafitti, como si quisieran plasmar su firma; pero al cabo de dos días, si no piensas en ello, deja de escocerte.

-Que las madres siempre consiguen, de alguna manera, recolocar sus convicciones y sus creencias para encajar las decisiones de sus hijos, por muy incomprensibles que les resulten en un principio.

-Que algunas personas a veces tardan mucho en darse cuenta de que te fallaron en un momento crítico de tu vida, pero acaban reconociéndolo, y es de agradecer.

-Que es emocionante reencontrarse con una amiga de la adolescencia y comprobar que, a pesar del tiempo, la complicidad sigue ahí; y recordar con ella cuáles son las cosas que de verdad importan en la vida, y lo duro (y contraproducente) que resulta que esperen de ti que seas "perfecta" y que lleves una vida "perfecta".

-Que, si alguna vez tengo hijos, dejaré que sean lo que quieran ser, que sean como quieran ser. Lo prometo.

-Que, en ciertas cosas, algunas dan en el clavo:

"Por lo que respecta la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. [...] Acostumbramos a dar al rendimiento escolar de nuestros hijos una importancia del todo infundada. Y esto no es sino respeto por la pequeña virtud del éxito. [...] Les exigimos el éxito, queremos que satisfagan nuestro orgullo. [...] En general, creo que hay que ser muy cautos al prometer y suministrar premios y castigos. Porque la vida rara vez tendrá premios y castigos. Con frecuencia, los sacrificios no tienen ningún premio, y a menudo, las malas acciones no son castigadas, al contrario, a veces son espléndidamente recompensadas con éxito y dinero. Por eso es mejor que nuestros hijos sepan desde la infancia que el bien no recibe recompensa y el mal no recibe castigo, y que, sin embargo, es preciso amar el bien y odiar el mal, y no es posible dar una explicación lógica de esto."

Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg.

-Y por último, que los peces jakuzzi no son una leyenda: existen y es una alegría toparse con uno :-)

26 julio, 2007

Adivinaciones




Últimamente, las experiencias marcianas se reproducen en la oficina.

Hace un par de días, se sentó a mi lado un compañero, llamémoslo Cándido, para encargarme la traducción de unas partidas de equipos de climatización. Estaba mostrándome la ruta del fichero y, una vez abierto, entre extractores y aires acondicionados, me mira con ojos tiernos, y tímidamente, con mucho tacto, me pregunta:

-¿Cómo llevas el embarazo?

En ese mismo momento, mientras la Menchu inclinaba la cabeza hacia un lado de la pantalla de su ordenador para poder contemplar la escena sin obstáculos, aparecieron en mi mente varias cosas: un condón pinchado, un útero con un feto, ambos de color anaranjado (tipo ilustración de libro de secundaria) y una frase que se materializó en cuestión de microsegundos, una de esas ideas absurdas que surgen espontáneamente para dar explicación lógica a algo que no la tiene ni de lejos: "Pero, ¿cómo ha podido pasar?, ¿¿¿y cómo demonios puede saberlo él si ni siquiera lo sabía yo???".

Al fin logro contestarle:

-Perdona, ¿me has preguntado por mi embarazo?
-Sí -sigue contándome con la misma timidez-... como el otro día nos invitaste a palmeritas porque estabas de tres meses...

¡¡Una broma!! Aquello fue una broma... Qué susto. De repente lo había imaginado en su casa con una bola de cristal en las manos, adivinando estados de esperanza (o desesperación, según el caso). Después de explicarle que aquello había sido un chiste de las chicas, todos nos reímos (incluida yo) con ganas.

No hace falta decir que desde entonces soy la embarazada oficial de la oficina, y que gasto mucho cuidado con el café que tomo. Ya tengo hasta padrino para mi nohijo.

En favor de Cándido he de decir que demostró una abertura mental nada despreciable, dados los compañeros (que no las circunstancias), al no entrar en modo aturullado cuando pensaba que 1) no tengo novio 2) vivo con un divorciado y su hija 3) no me enrollo con mi compañero de piso y 4) estoy embarazada.
¡¡Hasta yo me asustaría!!

28 junio, 2007

Marcianos



El pasado 26 hizo tres meses que empecé en mi actual trabajo mañanero. Para celebrarlo, y porque me lo pidió mi compañera, la Menchu, compré unas palmeritas de chocolate para el café de las once. Con la excusa, nos reunimos todos en la cocina, menos el nuevo (que no sabemos si no nos entiende porque es guiri, no nos oye porque no se quita nunca los cascos, o simplemente pasa de nosotros) y el súperjefe, que atendía otras obligaciones.

«¿A qué se deben las palmeritas?», preguntaban los chicos conforme iban entrando. «La Franchu (la Franchu soy yo, por aquello de que traduzco al francés), que está de tres meses», contestaban las chicas, maliciosas ellas. Uno de los chicos, llamémoslo Paco Martínez (no se me ocurre nadie más rancio así a bote pronto), aprovechando la circunstancia, se decidió a informarse. Y digo que aprovechó la circunstancia porque quedó clarísimo que llevaba tiempo rumiando su curiosidad, y se ve que esta ocasión le pareció suficientemente calva. Así que, muy ufano él, me comenta:

— Tu chico estará muy contento, ¿no? Tres meses ya.
— ¿Mi chico?, ¿tres meses? Pero has pillado que no son tres meses de embarazo, ¿no? Sino que llevo tres meses aquí.
— Si, bueno, eso. Que estará contento tu churri, digo.
— ¿Questarácontentomiquéee?
— Tu churri, tu chico, tu maromo…
— Pues no tengo, pero de tenerlo supongo que se alegraría por mí, sí.
— ¿No tienes novio?

En este momento repasé mentalmente a todos los chicos de la oficina, y concluí que me daba igual que supieran o no que estoy soltera —unos por feos, otros por casados, otros porque leen a Ken Follet y la mayoría por todo a la vez, están descartados de mi lista—. Aún así, fui sincera con Paco Martínez.

— No, no tengo novio.
— Ah —repuso él, muy pillín— como a veces hablas de «tu compañero de piso»…
— Claro, es que compañero de piso sí tengo, pero novio no.

Cara de póquer. En el fondo, esta gente que ha visto tan poco mundo me da un no sé qué tirando a penilla, yo creo que sacan mi yo más vanidoso o algo. No sé, será que vengo de un ambiente (el de estudiantes en ciudad ajena) bastante más abierto y estos otros me parecen recién salidos de los años 40. El caso es que se lo expliqué como si fuese un niño, en plan «yo sí, pero ella no».

— A ver: vivo con un chico, que por lo tanto es mi compañero de piso, y además es mi amigo, pero no somos pareja.
— Aaaah. O sea que vivís los dos —me dice dudando, como para ver si lo ha entendido bien.
— No —le contesto, para liarlo un poco más—, vivimos los tres: también está su hija.
— Peroooo… entonces… ¿La lavadora, por ejemplo, la ponéis juntos?

¿Será esta su forma de preguntarme si follamos? No lo tengo muy claro, pero como metáfora no está mal. Igual la uso en algún cuento: «Hacía ya varios meses que lavábamos la colada por separado… ».

—No —le contesto—, cada uno pone sus propias lavadoras. Pero con la comida, sin embargo, hay promiscuidad absoluta. Todos nos comemos lo de todos.

En fin, la conversación quedó aquí, no era plan de acabar diciendo alguna barbaridad. Aunque alguna vez dejaré de contenerme y le soltaré una buena a esta gente tan «del establishment». Yo me pregunto: ¿será cosa de los madrileños?, ¿por aquello de que, como aquí están todas las carreras, no se van de casa hasta que se casan —valga la cacofonía—? Aunque tengo amigos madrileños que no tienen esa mentalidad; ¿será cosa de los ingenieros, a quienes se les presupone una mentalidad tendente a la cuadriculación? Pero muchos amigos míos (y yo misma) aun teniendo título ingenieril tampoco pensamos así. No sé, no sé qué será.

Lo que me gustaría que supieran es que ellos, con su camino trazado de antemano (carrerita, curro en oficina de 9 a 9, hasta los 30 en casa con papá y mamá, noviazgo, bodorrio, esperamos dos años, un crío, esperamos dos años, otro crío) son tan marcianos para mí como yo para ellos.

07 junio, 2007

Cóctel primaveral




No sé a vosotros, pero a mí esta primavera me está volviendo loca.

Todos los años, desde hace dos o tres, cuando empieza marzo me tomo algún complemento. Este año me compré tres cajas, tres, de jalea real en varias versiones: con plus de fósforo, para la memoria (que esto de traducir quema muchas neuronas); con plus de propóleo, para las defensas (por los cambios climáticos, digo de tiempo); con plus de aloe vera, para la belleza (pues eso, para estar guapa). Y me fue muy bien, la verdad. Todos los días, en ayunas, mi ampollita, y allá iba yo con mi mochila de sonrisas a la espalda. Luego se me acabó la jalea, y el jaleo también. De repente, necesitaba dos cafés mañaneros para poder llegar medianamente persona al mediodía. Y mis niños eran de pronto más tontos que nunca, angelitos ellos, qué culpa tendrán de mi debilidad primaveral.

Después de dos semanas de languidez, decidí volver a darme a las jaleas. El lunes pasado compré eleuterococo, también llamado gingsen siberiano, que es parecido al coreano pero para chicas. Porque el coreano, por si no lo sabéis, es para chicos. Sí. Hasta la raíz tiene forma de… pues eso, de chico :-) El que yo tomo, el siberiano, es para chicas. Da fuerzas y aumenta las defensas. Puede (eso no está comprobado) que aumente la energía sexual. Espero que esto último no se cumpla. Con la primavera, sus rayos de sol que acarician, sus flores en plena expansión, su calorcito que invita a ir desnudándose (un poquito), sus chicos de mirada húmeda… ya hay suficiente erotismo en el ambiente, no necesito extras.

Además de todo esto, desde hace unos días estoy resfriada. O me ha dado la alergia por primera vez chispas. O estoy resfriada y además tengo alergia. Quién sabe. Así que me tomo tres sobrecitos de frenadol al día. Y esto, claro, me deja un poco lánguida. Pero no importa, porque no olvidemos que tengo eleuterococo, que me da fuerzas, para compensar. Será cuestión de encontrar las dosis adecuadas: dos de gingsen y una de analgésicos, o tres energizantes y dos paracetamoles... pongo aquí, quito allá, y a lo mejor consigo la mezcla perfecta. Y entre tanto, sigo estornudando y rodeada de chicos guapos con mirada hambrienta. Decidme si no es para volverse loca.

17 mayo, 2007

Espiral china



No hace mucho leí un cuento de cuyo nombre y autor/a no logro acordarme (si alguien sabe a cuál me refiero, por favor, que me lo «sople»; me proporcionaría bastante tranquilidad); leí un cuento, digo, en el que el niño —algo travieso— de una familia A se divierte rayando la puerta de los vecinos (familia B). El padre A, muy preocupado, habla con los padres B y les pide disculpas por el comportamiento de su hijo. Los B, muy comprensivos ellos, no sólo lo tranquilizan asegurando que «son cosas de críos», sino que al día siguiente obsequian al niño A con un detalle, para que no se sienta culpable por su pequeña travesura, tan propia de su edad, por otra parte. Los A deciden, en agradecimiento, y aunque no disfrutan nada con las visitas sociales, ofrecer una cena en casa para los B. Los B, a su vez, se ven en la obligación de hacer un regalo a los A, en compensación al banquete. De esta forma, los A y los B entran en una especie de espiral de agradecimientos recíprocos y terminan regalándose cosas como un tren (entero), un caballo (de verdad, de los que relinchan).

Últimamente, creo que estoy metiéndome en algo parecido. Y empieza a asustarme un poco… Todo empezó en Navidad, cuando los padres de Yingming me regalaron una caja de 48 ferreros y una bolsa de caramelos de cereza ácida. Yo, para corresponder, le regalé a Yingming por Reyes unas pegatinas con forma de mariposa y unos lápices decorados con frutas y flores. Esas cosas que le gustan a ella. Entonces, la madre de Yingming, quien siempre que voy a dar la clase está cocinando algo maravilloso, empezó a regalarme periódicamente panes chinos preparados por ella misma. Son esos panecillos tan acogedores: redondos, blancos y algo dulces, que se toman calentitos con algo salado o picante, para intensificar su sabor. Cuando volví de casa de mi madre por semana santa, les traje pestiños caseros (hechos por mi madre, que es una especialista), en agradecimiento. Un par de semanas después, ella me obsequió con una pizza china, con setas y otras verduras no identificadas. Poco más tarde, fue el cumpleaños de Yingming y le regalé un libro firmado por su autor, el tío Chema. Unos días después, ella me dio un corazón de papel, y yo le correspondí con una sonrisa y un barco, también de papel. Hoy me ha regalado un portaminas Pilot de color azul, que era suyo (y ella adora los portaminas Pilot de colores), y su madre unos panes chinos, con unas cigalas y unas patas de centollo o de cangrejo o de langosta (no distingo muy bien esa clase de bichos), para acompañar… Ahora estoy pensando en hacerles una tarta de Santiago, que es la que mejor me sale, y regalarle a Yingming una funda rosa para las gafas, porque tiene una de color naranja y no le gusta nada el naranja. Es el peor color del mundo. No sé adónde llegaremos. Me ha absorbido esta espiral de amabilidad china, y no sé. Espero que no me pase como en el cuento. Porque a mí para caballos no me da.

PD. ¡¡Lo encontré!! Es En defensa propia, de Fernando Sorrentino. Qué bien voy a dormir esta noche...

03 mayo, 2007

Burbujas


Encontrarme con una amiga después de varios años y contarnos la vida; leer a Pessoa y su desasosiego y sentir que ese libro soy yo, que yo soy ese libro y sus saudades; quedarme sin habla después de un abrazo esperado y cálido, silencioso y tierno, emocionado; Yingming diciéndome que le gustaría que yo fuese su maestra del cole; imaginar la estela blanca de cinco mil gansos -escapados de un cuento de Ford- sobrevolando un lago, figurarme que también yo tengo alas, que puedo ser uno de ellos y volar; que un amigo escritor -o un escritor amigo- me envíe los cuentos que guarda en el cajón de las dudas; que mi compañero de piso me dé los buenos días con una canción que ha inventado para mí; olvidar el sexto mandamiento por siempre jamás; mirar al cielo y que llueva; mirar al cielo y que luzca el sol; escuchar a los pájaros cortejarse; desear ser un pájaro y cortejar como ellos, cantando entre ramas verdes al atardecer; abrazar un árbol y sentir que formo parte del mundo; echarme sobre un campo de amapolas y dejar que el viento se mezcle con mi pelo.

19 abril, 2007

De papel


Hoy Yingming me ha regalado un corazón de papel. No he querido llorar, para que no creyese que estaba triste; y para no ahogar los sufijos y los posesivos, que también son de papel. Sobre todo los posesivos.
Yo le he regalado una sonrisa y un barco. De papel.



Origami realizado por Maarten van Gelder

09 abril, 2007

De jonjuros y cerezas



Claudia me mira con sus enormes ojos de color caramelo y me contesta que sí, que se lo ha pasado muy bien en la fiesta. La fiesta es el parque de atracciones, de donde acaba de llegar con su madre. Luego corre hacia el sofá y coge con decisión su varita mágica, hecha con un palo de madera, cintas brillantes de reflejos dorados y una estrella de plata en la punta. Luego, agarra firmemente con la mano libre una pelota que espera en el suelo, y que tiene la virtud de plegarse sobre sí misma hasta convertirse en una especie de flor enorme de goma que, a los pocos segundos, vuelve a tomar forma de pelota pegando un salto. Entonces, Claudia se sienta en el suelo, vuelve a mirarme y grita:
-¡Gupe, ven a hacer un jonjuro!

Y yo, que siento debilidad por las cosas mágicas, no tardo ni un segundo en estar sentada enfrente de esa brujita con cara de mazapán. Claudia se derrite de risa cada vez que realiza su jonjoro: empuja la pelota contra el suelo con la mano, hasta que consigue la forma de flor, luego levanta su varita mágica, dibuja con ella círculos en el aire y finalmente toca la superficie de la pelota con la punta de la estrella, mientras grita "Jonjuro". A los pocos instantes, la sintética flor de goma da un salto y vuelve a convertirse en pelota, y Claudia rueda hacia atrás, hecha un ovillo, y se tapa la boca para que no acabe de escapársele la carcajada. Como yo también me río y me llevo las manos a la cabeza, asombrada con su magia, Claudia repite el jonjuro catorce veces más, con idéntico resultado de flores saltarinas, pelotas disfrazadas y risas enloquecidas.

Cuando se cansa de su juego de magia, se queda mirando sus zapatillas violeta con dos grandes mariposas verdes y mis calcetines blancos con mariposas amarillas. Las toca con un incierto dedito índice. Le digo que lleva unas zapatillas muy bonitas y ella me contesta que se las ha comprado mami y que le gustan mucho las maricosas.
Después, pellizca un trocito de su pijama y me alarga una de las cerezas que lleva pintadas. Me como inmediatamente la cereza, saboreándola bien. Mmmmmmmh... Como me gusta mucho, cojo un puñadito más de su pijama.
-No te comas todas mis cerezas -alcanza a advertirme Claudia, mientras su madre la lleva a la cama, cariño, que es tarde.

Echo de menos una varia mágica para que las pelotas de goma puedan convertirse en flores, y viceversa, en cuestión de segundos y con un simple salto, y para coger una cereza de tela y comérmela, y que me encante, y poder comerme todas las cerezas del pijama siempre que quiera. Echo de menos los jonjuros.

Dibujo: "Cerezas sonrientes", de Donald Peterson.

22 marzo, 2007

¿El tiempo borra los corazones?




Hoy Yingming no ha dejado de preguntarme cosas. Mañana tiene examen de Lengua, y eso hace que esté más inquieta aún que otros días. Quiere saberlo todo en un solo momento. Su ristra de preguntas siempre empieza del mismo modo:
—¿Puedo preguntar? —me dice mientras abre o cierra uno de sus libros y se arrellana en la silla.
—Claro —le contesto yo con una sonrisa, mientras me preparo para lo peor (¿qué será hoy?, ¿las palabras derivadas o la felicidad de los seres vivos?).

Esta tarde ha querido saber varias cosas: por qué algunos niños llevan un ojo tapado con un parche, qué diferencia hay entre “because” y “so”, cuál es el idioma que más se habla en el mundo, ¿y el segundo?, ¿y luego?, qué son las energías renovables, cuántos países hay en Europa, cuál es mi nombre de chico preferido (el suyo: Christopher y Adrián), ¿y de chica? (ella no piensa en las chicas), qué quería ser yo de pequeña (ella no piensa en el futuro), cómo se convierten los minutos en horas y si es verdad que el tiempo borra los corazones.
Esto último me lo ha preguntado mientras hacía un gesto con su mano derecha sobre su pecho, a la altura del corazón, como si estuviese borrando algo con una goma.

—¿Que si el tiempo borra los corazones? —he repetido sorprendida.
—Sí, eso ha dicho mi maestra hoy.
—¿Cuándo ha dicho eso tu maestra?
—Pues cuando se estaban peleando un niño y una niña de mi clase, porque los dos decían que el “tippex” era suyo —me explica, muy divertida—. ¿Por qué ha dicho eso la maestra?
—¿Y por qué crees tú que lo ha dicho?
—Pues no sé… a lo mejor porque esos dos se gustan y por eso se peleaban por el tippex. Y cuando pase el tiempo dejarán de gustarse. Por eso se borran los corazones. —concluye, satisfecha de sus deducciones—. Pero —hoy es día de preguntas—, ¿de verdad se borran los corazones con el tiempo?
—¿Tú qué opinas?, ¿que se borran o que no? -quise saber yo.
—Pues yo creo que no. ¿Tú qué crees? —indagó ella.

¿Yo qué creo? ¡Ay!, qué buena pregunta… eso querría yo saber, si se borran o no se borran. Dicen que el tiempo todo lo cura, y eso sería como borrar los corazones. ¿Acaso se nos borra el primer beso, de noche, en aquel incómodo banco de madera en medio de un parque, con una farola apuntando directamente a los ojos; o la primera entrevista, cuando no sabíamos muy bien qué ponernos, si pantalón de vestir, o falda, o traje; o la despedida de un amigo, que nos retiene en sus brazos y se despide con un hasta luego, porque a los amigos siempre los vemos luego, siempre; o la muerte de un ser querido, de quien quizá no hemos podido despedirnos y de quien recordamos el pelo rubio, o gris, y la mirada enferma y asustada, o azul y viva; o ese chico que no nos conviene pero no se nos va de la cabeza, o del corazón, o de los ojos? Quizá el tiempo consiga que se difuminen los bancos al anochecer, los nervios trajeados, el último adiós, o la boca que deseamos, pero, ¿consigue borrarlos?

—No, yo tampoco creo que el tiempo borre los corazones.

08 marzo, 2007

Río son




El tiempo pasa, de eso nadie tiene duda. Este año parece que mis amigos y yo lo hemos visto más claro que nunca. Todos quieren reunirse.

En lo que llevamos de 2007, me he reencontrado con una excompañera de piso, a quien no veía desde hacía siete años, cuando me fui a México, que sigue igual de buenagente y de guapa (Ángela, te debo una visita a Florencia); con un excompañero de trabajo, de cuando traducía y redactaba en Ventura, que también sigue igual de buenagente y de guapo; con mis compañeros de artículos y martinis de la revista de la facultad (ya sé que se dice escuela, pero eso sí prefiero olvidarlo), que siguen igual de ocurrentes y de festeros (bueno, venga, y de guapos); y para junio tengo programado un «pack» cena-copas-fiesta con mi grupo de los tiempos de EGB, muchas de las cuales siguen siendo mis amigas (aunque las veo siempre por separado); y seguro que todas siguen siendo igual de buenagente, de festeras, y de guapas.

¿Qué le pasa al 2007? De repente nos ha entrado un frenesí de recuerdos, un afán de reencuentros, un ansia de volver a vernos juntos… como si se nos escapara el tiempo. Y se nos escapa, sí; pero eso no es nuevo: se nos escapa desde que nacemos. ¿Será la treintena (y alrededores), que nos apremia para que aprovechemos la vida? Hay una época en la que piensas que puedes hacerlo todo, que tienes tiempo para hacer lo que quieras, que las cosas (entre ellas, tú) son eternas. Luego alcanzas la cuarta década y te das cuenta de que nada perdura, de que todo cambia, de que, como sentenció Heráclito, nadie baja dos veces al mismo río. Quizá es entonces cuando nos entran ganas de reunirnos, un poco para recordar aquella inocencia -ay, sí, perdida-, un poco para comprobar que seguimos siendo igual de guapos, un poco para cerciorarnos de que el tiempo pasa, pero pasa para todos.

Perdonadme por esta reflexión, ya sabéis que normalmente prefiero los cuentos. Se ve que tengo un día melancólico, de esos pre-primaverales :-)

Mientras espero seguir bajando al río, aunque no seamos los mismos ni el río ni yo, y continuar recreándome en el placer de reencontrar, os dejo una preciosa canción-poema de El último de la fila:

LAPIZ Y TINTA

Tela, cinta,
otra vez a empezar.
Lápiz, tinta,
y al paisaje a robar.
Y el placer de reencontrar
el limbo de un tiempo que se nos va.
Libro, nube,
ese es mi descanso.
Árbol, fuente,
cada vez que despierto.
Ser durmiente.
En la espuma de un antojo camuflarse.
Para completa inocencia,
en las calderas del sueño divagar.
Que los días se van,
río son.
Ahora quiero sentir,
caminar.
Ahora quiero pintar,
percibir
el color de esa flor
que se marchitará.
Pinto, verdes
parajes de belleza desolada.
Vivo lo efímero y su valor.
Bebo, apuro
desperdicios de mi vida,
me recojo en la templanza
de la tregua que me da
la anestesia del recuerdo.
Que los días se van,
río son;
ahora quiero sentir,
caminar;
ahora quiero pintar,
percibir
el verano fugaz
que ya se nos va.
Lápiz, tinta,
y el placer de reencontrar.

© El último de la fila

14 febrero, 2007

Carlitos no es pijo



Recuerdo que en mi época tenían fama de pijos, había incluso una frase hecha: "Te lo juro por Snoopy", para reírnos de ellos. Es una pena que por ese prejuicio (que son de pijos) me los haya perdido hasta ahora. Pero nunca es tarde :-)

Son tiernos-tiernos y divertidos. Son niños, y ven el mundo como niños, pero sus preocupaciones y filosofías, creo, se acercan mucho al mundo de los adultos. Como los razonamientos analíticos del incomprendido Linus, o los malestares existenciales de Caritos: "La vida pasa ante mis ojos sin sentido, ¿qué puedo hacer?", y los consejos prácticos que le da Lucy en su consulta de Ayuda Psiquiátrica: "Este es el único mundo que conoces, ¿no?; has nacido para vivir en este mundo, ¿verdad? ¡BUENO, PUES VIVE!"; o cómo la generosidad de Snoopy lo lleva a quedarse sin casa cada vez que sus colegas los pajaritos quieren jugar al póquer... Son fantásticos. Una gran medicina para los días tontos.

09 febrero, 2007

Piratas



Teniendo en cuenta mi afición a ver buenas (y gratuitas) películas por la noche, cómodamente sentada en mi cama, a la íntima (o porno, según la ocasión) luz de mi lámpara roja, con un par de velas encendidas y el esenciero propagando un sutil aroma de romero, no puedo negar que un poco pirata sí que soy, sí. Y es curioso, porque remordimientos no siento ninguno. Tal vez eso me haga más pirata todavía :-)

El caso es que, desde el 22 de enero, existe oficialmente el Partido Pirata Español. Por su nombre se puede uno figurar por dónde va su programa. Parece que otros países ya tenían sus correspondientes Partidos Piratas, y este año ha llegado a España.

Visto lo visto, creo que es muy probable que ofrezcan cosas más interesantes que los "grandes" partidos españoles (aunque el divorcio exprés es difícil de superar, lo reconozco).

Mientras tanto, yo seguiré preparándome sesiones "a la Mil y una Noches", como dice mi amigo Chema, y consumiendo cultura "liberada".

16 enero, 2007

Otras cinco horas con Mario



Cuenta mi amiga chinita que dentro de veinte años no habrá coches por la calle porque todos circularán bajo tierra, como el metro (al paso que va Gallardón, todo es posible). Y que en la superficie solo habrá parques y árboles y personas.

Luego confiesa que le cuesta mucho imaginarse a sí misma dentro de veinte años.
—Es que… treinta… uffff —dice hinchando los mofletes y soltando el aire por la boca como si estuviese inflando un globo—, ¡qué vieja!
—¿Yo te parezco vieja? —le replico, pero sin una sola pizca de indignación, no os vayáis a pensar.
—No —contesta ella—. Pero es que así de golpe pensar que hoy tengo diez y mañana treinta…
—Así de golpe se haría muy duro, ¿verdad?
—Sí, es mejor poco a poco, cada día un poco más viejo hasta que llegas. Pero no eres viejo hasta los ochenta.
—¿A los ochenta ya se es viejo siempre? —indago con cierta intriga, aunque aliviada (todavía tengo una tregua de cincuenta :-).
—Sí, a los ochenta sí, porque tienes la cara llena de arrugas —contesta con total seguridad.
—¿Y si tienes arrugas pero te gusta hacer gimnasia y pasear por la playa e ir a fiestas? Yo conozco a personas de ochenta años que hacen todas esas cosas (es cierto: una amiga de mi madre).
—A los ochenta, ¿cómo vas a ir a fiestas? Con ropa de joven y todo… —replica con el ceño fruncido y sacudiendo la mano.
—No tienes que ponerte ropa de joven —la tranquilizo.
—Pero las viejas no pueden ponerse nada de color verde.
—¿Y por qué no pueden ponerse nada verde las viejas? —le pregunto con mucha curiosidad.
—Así verde clarito como tu jersey, no.
—¿Y eso por qué?
—Porque tienen que ir siempre de oscuro, de negro y esos colores.
—¿Quién te ha contado eso? —Pensé que una idea como esa no podía salir de ella.
—Mi profesora. Dice que cuando se muere alguien, tu marido o alguien de tu familia, hay que ponerse de oscuro y de negro.
—¿Eso os cuenta vuestra profesora?
—Sí. Dice que cuando se murió su marido ella se puso de negro.
—Pero eso no es obligatorio, ¿sabes? Hay personas que se ponen ropa oscura porque lo marca la costumbre del luto y les gusta seguirla, pero no es obligatorio.
—¿Y entonces cómo te vistes si no?
—Pues normal, como te sueles vestir siempre. No tienes obligación de ponerte de negro, ni de oscuro, ni de nada. Si te gusta el verde clarito y te lo quieres poner pues te lo pones, da igual que tengas ochenta años o que haya muerto alguien, es tu decisión —le contesto, y cambio de tema para no indignarme más.

Luego he pensado que dentro de veinte años, en el 2027, quizá los coches vayan por debajo de la tierra, como dice mi amiga, y en la superficie solo haya parques por donde pasean señoras viejas de luto, todas vestidas de negro, todas recordando las palabras de sus profesoras: «Hay que vestirse de oscuro, hay que guardar el luto», mientras lloran desconsoladas entre los árboles y se besan unas a otras, mua mua, en el aire, sin rozarse siquiera las mejillas, para no sentir el contacto del rostro ajeno. En el 2027.