02 junio, 2009

Ébano


Hay hombres que afirman tener animales viviendo dentro de la cabeza, que —aseguran— escuchar el vuelo de un ave no los molesta pero el rugido del león los atemoriza; y mujeres que realizan acrobacias al bajar del autobús, con una criatura atada a la cintura, otra cogida de la mano, y una pesada tinaja sobre la cabeza; hay caravanas de personas y animales que se desplazan por un desierto de arena y fuego intentando encontrar agua y comida, y hora tras hora van cayendo, por orden, los cuerpos sin vida de las cabras, los niños, las mujeres, los hombres y sus camellos; hay risas escandalosas en cada saludo, y bailes improvisados y multitudinarios en mitad de la calle; hay niños que parten un caramelo en veinte diminutos trozos para compartirlo con los demás niños, y hay señores de la guerra que destruyen aldeas y roban a los pobres para quedarse con todo; hay polacos que recitan versos de poetas neorrománticos en bares de lugareños y parejas de turistas que no se mezclan con los locales; hay mujeres cuya única posesión en este mundo es una olla y que gritan desesperadas si se la quitan, y hay ladrones que mueren a manos de la gente del barrio; hay tribus que atacan y tribus que se vengan; hay todavía una huella imborrable de esclavitud impuesta por los europeos; hay vida terrenal y hay vida espiritual y ánimas y hechizos y males de ojo; y, sobre todo, hay un sol permanente, aterrador y asesino, y también hay, de vez en cuando, un gran mango de hojas verdes y frondosas bajo cuyas ramas los niños aprenden a deletrear, y a cuya fresca sombra se sientan los africanos a contarse historias durante horas.

Ébano es la perla negra que nos dejó Kapuściński, un libro que se lee con el corazón encogido y los ojos abiertos de pura sorpresa, con ganas de seguir leyendo y descubriendo, y de que no termine nunca.